Koba el Temible. Martin Amis. (El segundo octubre y la destrucción del campesinado)



La Colectivización (1929-1933) fue la fase inaugural y definitoria del reinado indiscutido de Stalin; fue lo primero que acometió en cuanto tuvo las manos libres. En tanto que crimen contra la humanidad, eclipsa al Gran Terror, al que además potenció en dos sentidos, haciendo que la purga fuese más segura y al mismo tiempo más severa. La Colectivización hace que nos preguntemos por lo que habría ocurrido si los cincuenta años del gulag se hubieran comprimido en el tiempo (cinco años) y ampliado en el espacio (hasta abarcar todo el país). Porque la Colectivización fue peor, demográficamente peor. Se calcula que Stalin mató alrededor de 4 millones de niños durante la Colectivización. Sin embargo, para el hombre, y para la psicología del hombre, el rasgo más sobresaliente de la Colectivización fue su fracaso, profundo, abismal y con un impacto gigantesco. Con su ofensiva administrativa inicial, Stalin arruinó al país para el resto del siglo. Además, fue entonces cuando perdió el contacto con la realidad, y lo hizo con toda su furia bolchevique. Como dijo el economista del Partido S. G. Strumilin: «Nuestra misión no es estudiar la economía, sino cambiarla. No estamos atados por ninguna ley». Fue la primera etapa del torpe —y apenas comprensible— esfuerzo de Stalin por enfrentarse a la verdad, meterla en cintura, humillarla y destruirla.

Me acercaba ya a la treintena cuando caí en la cuenta —fue a causa de un artículo sobre el islam que leí en el TLS— de que las teocracias tienen intención de funcionar bien. Hasta entonces había creído que la represión, la censura, el terror y la miseria eran el precio que había que pagar por vivir según el Libro. Pero no, no era esa la idea, en absoluto: la intención del régimen coránico es que todos tengamos piscina y bombas de hidrógeno. Del mismo modo, la Colectivización tenía intención de funcionar bien. Stalin, en fecha anterior, había manifestado dudas sobre la postura «izquierdo-desviacionista» (es decir, excesivamente doctrinaria) que se tenía ante el campesinado: esta política, dijo, «conduciría inevitablemente […] a una gran subida en los precios de los productos agrícolas, a una caída de los salarios reales y a una carestía creada artificialmente». Y sus preparativos para la Colectivización, en la fiebre inicial, fueron frívolamente tibios. Sin embargo, Stalin creía que la Colectivización funcionaría. La Colectivización dejaría pasmado al mundo. Era una muestra de cómo hervía la sangre estalinista. Y quizá sea esta la mejor forma de representarse el estalinismo: como una serie de ebulliciones sangrientas.

Desde la perspectiva bolchevique, el campesinado era (como dicen los psicólogos cuando se refieren a un desajuste familiar grave e innombrable) «un elefante en la sala». El campesinado, en el universo marxista, no tenía por qué estar allí. En el universo marxista, Rusia tenía que parecerse más a Alemania, a Francia o a Inglaterra, con su proletariado urbano plenamente desarrollado. Sin embargo, los campesinos rusos eran obstinadamente reales: representaban el 85 por ciento de la población. Y como poseían tierras, eran técnicamente burgueses, técnicamente capitalistas. Lenin había tratado de socializar el campo. Se requisó grano por medio del terror; y sobrevino el hambre. Su política agraria produjo además, en 1920-1921, una insurrección nacional que resultó ser más peligrosa que todos los ejércitos de los Blancos: fue parte de una fracasada pero sincera revolución que dejó en mantillas las de 1905 y febrero de 1917. La réplica de Lenin fue la Nueva Política Económica, vergonzosamente capitalista; fue una lacra doctrinal que tuvieron que sobrellevar los bolcheviques. Entusiasta al principio, Lenin pareció perder interés por la Colectivización y lo que significaba. La derecha del Politburó estuvo de acuerdo. La izquierda estaba más impaciente por acometer empresas atrevidas, pero se avino a regañadientes a una socialización del campo que podía tardar diez o veinte años. En 1928, con Trotski en la picota, nadie hablaba ya con pasión de la Colectivización forzosa y menos aún de una Colectivización forzosa inmediata. A principios de los años veinte, Stalin se había presentado como un centrista temeroso de Dios. Más tarde, liquidada la oposición, viró bruscamente a la izquierda. La polémica con los profesionales se solucionó con facilidad. Desde 1929, dice Conquest, los economistas soviéticos «tenían que elegir entre apoyar los nuevos planes de los políticos o ir a la cárcel».

Los objetivos de Stalin estaban claros: la Colectivización intensiva, con la exportación de todo el grano, financiaría la industrialización a destajo y redundaría en una militarización suicida para fortalecer el Estado y el imperio «en un mundo hostil». Según Robert Tucker, Stalin empezaba a pintarse a sí mismo como una especie de zar marxista; esperaba mejorar y sustituir el leninismo (por el estalinismo), y además apuntalar el Estado «desde arriba», como Pedro el Grande. Lo que no está tan claro es si fue una estrategia meditada o una simple y embriagadora improvisación sobre la marcha. A fin de cuentas, el Plan Quinquenal no fue un plan, sino una lista de deseos. Stalin tenía realmente intención, o necesidad, de reactivar el bolchevismo, de comprometerlo una vez más con la lucha «heroica». Sin embargo, a diferencia de Hitler, que hizo públicos sus objetivos en 1933 y trató de conseguirlos con un sentido de la autoridad particularmente repulsivo, hay que ver a Stalin en este mismo momento como una figura que fantasea continuamente no con el éxito, sino con el fracaso.

Para que las cosas funcionaran necesitaba un enemigo y una urgencia. La urgencia fue una «crisis cerealística», declarada a raíz de la decepcionante pero no desastrosa cosecha de 1927. El enemigo fue el kulak rural. Los kulaki (kulak significa «tacaño») eran un estrato prerrevolucionario de agricultores ricos; eran usureros, prestamistas y «explotadores de los braceros»; y casi todos desaparecieron durante el terror rural del Comunismo de Guerra. Como es lógico, durante la NEP, unos agricultores siguieron siendo más ricos que otros (alrededor del doble en los casos extremos). Llegaban a tener una vaca más, un bracero más durante la siega, una ventana más en la fachada de la cabaña de madera. El 21 de diciembre de 1929 Stalin cumplió cincuenta años y se echaron las campanas al vuelo; esta fecha señaló también el comienzo del «culto a la personalidad», un fenómeno que le pasaría factura psiquiátrica. Ocho días después hizo pública su política de «eliminar a los kulaki como clase».

El nuevo Zar, padre de todos los pueblos de Rusia. La Historia escupirá sobre su tumba.

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