La Internacional en España de 1869 a Enero de 1874. Max Nettlau (Publicado el 1-10-1928 en La Revista Blanca)


No se podía ligar las nuevas ideas anárquico-colectivistas a las ideas familiares a los obreros en su práctica de la asociación más hábilmente que lo hizo el Consejo de Redacción de la Federación (Barcelona) en el artículo de fondo de su primer número, 1.° de
agosto de 1869.


«Obrero : La Asociación como sabéis es uno de los medios más eficaces... Mas, las asociaciones obreras de todos los oficios y de todos los países han de ser solidarias..., y a ello contribuye grandemente el principio de Federación... La Federación económico-político-social ha de venir a anular las fronteras..., ha de venir a inutilizar al Estado, injusto y despótico, continua zozobra de los pueblos, y a establecer entre los hombres, sin distinción de creencias, color, ni nacionalidad, el humano y fecundo reinado de la Verdad, la Justicia y la Moral...»


La Federación de Farga Pellicer es el periódico que tanto se esforzó—cosa muy rara entonces—por recomendar a sus lectores los principales trabajos de Bakunin, que a la sazón aparecían en "Le Progrés" y "L'Egalité" de Suiza, todas las cartas al Progrés, los principales artículos de la Egalité, incluso en 1870, las "Lettres á un Français (folleto), etc. Sobre tales escritos estaba, pues, dirigida la atención de los camaradas, pero también leyeron otras traducciones, singularmente una aparecida el 7 de noviembre de 1869 y tomada de "L'Internaitonale" de Bruselas: Las actuales instituciones de la Internacional consideradas con relación al porvenir, artículo que Lorenzo  ["El Proletariado militante" I, págg. 233.38] reimprimió y del cual dice «que recorrió en triunfo toda la prensa obrera de la época». Dicho trabajo concluye así: 


«... Creemos haber demostrado que la Internacional encierra en sí el germen de todas las instituciones venideras; sólo falta ahora ir ensanchando el campo de su dominio hasta lograr que ni una sola población,  ni un solo rincón de territorio, carezca de su benéfica influencia: entonces se verá desaparecer como por encanto la vieja sociedad, y florecer el orden nuevo que ha de regenerar el mundo.»


Este artículo, escrito con la fuerza de imaginación y la inteligencia de los periódicos internacionalistas belgas de aquellos años, es, quizá, ante todo una humorada, una demostración para asombrar a los adversarios y a los ignorantes, pero contiene también ideas semejantes a las manifestadas por Hins en el Congreso de Basilea, quien tomaba a la Internacional por «un estado en el estado», organismo viviente, al lado del cual el organismo podrido, el estado, se derrumbaría casi automáticamente algún día. Esta idea influenció en el más alto grado la convicción, la fe, diría yo, de que la Internacional misma será el marco de la sociedad futura. 


En uno de los dictámenes del Congreso de 1870 (Lorenzo, I, p. 192) se habla de la organización obrera, base de la organización social futura», y la Organización social de las secciones obreras de la Federación Regional Española, en la edición revisada por la Conferencia de Valencia de septiembre de 1871 (Barcelona, 88 ps. 12°) dice por ejemplo :


«...La federación local constituye el municipio del porvenir...» «El objeto de la Unión [de oficios] es, hoy, preparar las huestes obreras para la resistencia contra el monopolio del capital, y mañana servirá de medio para el cambio equitativo de productos con productos...»


«En el porvenir, .según la organización colectivista, la sección [de oficio] será la que use los instrumentas del trabajo que pertenecerán a la sociedad entera, y los individuos recibirán el valor "de lo que hayan producido...»


Más de doce años después, en "Organización y aspiraciones de la Federación de Trabajadores de la Región Española", por José Llunas (Barcelona, 30 diciembre 1883; págs. 1-28 del Primer Certamen Socialista, 1885, del Centro de Amigos de Reus, Barcelona, LXVI, 576 páginas)—Llunas, miembro de la Comisión Federal, fué el intérprete más auténtico de las ideas de la mayoría de la Federación Regional de entonces—leemos la profesión más alta y explícita de ese doble empleo de las instituciones de la organización, puesto que «cree la Federación que ha de ser la Sociedad del porvenir». Así las secciones locales «elegirían un Consejo, Municipio o Comuna, que constituiría la primera unidad sociológica del nuevo estado económico...» La Comisión o el Consejo local de hoy—«mañana debería ser el Municipio, a cuyo cargo quedaría todo lo referente a las necesidades de la vida local...» Si las Federaciones comarcales lo juzgan oportuno en caso de afinidad de lengua, clima o costumbre en un extenso territorio, «determinarán establecer mancomunidad de intereses y relaciones», como lo ha hecho la Federación Regional, «empezando a estudiar y practicar lo que cree ha de ser la Sociedad del porvenir, según sus ideales»... También la otra suborganización de la F. R., la de resistencia, aunque en general es considerada solamente como «la de inmediata aplicación, obedece no obstante y está también relacionada con la Sociedad del porvenir, según los federados».


Llunas representa lo que él mismo llama la anarquía organizada. Para, él, una delegación regular con un mandato imperativo y con atribuciones exclusivamente administrativas, es una garantía suficiente para que se pueda decir: «La organización de esta colectividad sería perfectamente anárquica»; en su opinión, con tales delegaciones una colectividad «no sólo no abdica de su libertad, sino que cumple el deber más sagrado de la anarquía, que es organizar la Administración.» (Ver ¿Qué es Anarquía? en sus Estudios filosóficos sociales, segunda edición (Barcelona, Tip. «La Academia», 1883, 221 ps. 16.°).


Algunos años más tarde, en la época de las grandes autocríticas en el Productor (Barcelona), el artículo "Recapitulación", abril de 1889, cuyo autor fue, yo pienso, Indalecio Cuadrado, critica bastante, si bien tardíamente, la concepción de que la Internacional (y después la Regional) «lleva en sí el germen de la regeneración social», y Cuadrado (si es el autor), que fue durante años secretario de la Comisión Federal de la F. R., dice, hablando de «dos errores fecundos en consecuencias desastrosas» : «Conservación de la sección de oficio para la resistencia antes del triunfo revolucionario, y su transformación después en elemento constitutivo de la sociedad ultra-revolucionaria... La lógica de este error... prohibía la existencia de una segunda organización de oficio en cada localidad... Esta prohibición concordaba, no sabemos si consciente o inconscientemente con la concepción colectivista de la futura organización del trabajo...» Y si uno se atribuía así el poder de los representados ; «nosotros constituimos el Municipio libre», podrían decir los futuros delegados de las secciones.


No puedo comprobar, si el origen de la restricción: «en cada localidad no podrá existir más que una sola Federación local»—así consta en los Estatutos aprobados por el congreso de Córdoba a fines de 1872 (Barcelona, 1873, 96 págs.), y probablemente ya en los estatutos anteriores, es el supuesto por el autor mencionado. Es posible, pero tales restricciones se ponen también en los estatutos sin que uno advierta las contrariedades que encierran. Pues una agrupación debe tomar todas las medidas imaginables para permitir su expansión sin trabas antes que una sola para poner un obstáculo a alguna iniciativa nueva. Semejante restricción en defensa de una unidad que por ser defendida demasiado bien acaba por convertirse en aislamiento, pone en seguida al margen de la ley de la organización a aquellos que, por alguna razón válida para ellos, prefieren ir por su propio camino. Varias veces, principalmente en la Federación Regional, disensiones locales se han envenenado a causa de este desgraciado artículo sobre la única federación local, puesto que para mantenerlo intacto no había más que «expulsar como perturbadores» a todos los que no estaban de acuerdo con la mayoría del grupo local y deseaban permanecer apartados.


Lo que precede me parece un caso típico de lo que yo he llamado la rigidez o la inmutabilidad de la Internacional española. Sus convicciones anárquico-colectivistas fueron tan bien determinadas, y, desde el primer momento, las reuniones de los grupos con Fanelli, la expansión de la idea por los grandes periódicos, Federación, Solidaridad, Razón y otros, por la Alianza, probablemente a partir de 1870, por la correspondencia infatigable de los secretarios del Consejo y la Comisión federales, hasta los últimos días de la F. R. languideciente en 1880-89, durante esos veinte años, fue mantenida tal rigidez. Se dirá con mucha razón que las ideas eran correctas, bellas y bien expresadas, que eran tan verdaderas y justas el primer día como el último, sobre todo cuando ninguna, absolutamente ninguna de esas aspiraciones ha podido ser realizada, ni entonces, ni ahora. De sus numerosas expresiones citemos ésta :


...«la aspiración de reunir a la Humanidad en una libre Federación Universal de Libres Asociaciones obreras, agrícolas e industriales, por la abolición de todos los Estados político-jurídico-autoritarios, y por el aniquilamiento del principio de la autoridad» — Circular del Consejo Federal (Valencia; secretario, F. Tomás), en "La Revista Social", núm. 16, 29 noviembre 1872. El autor de ella es Francisco Tomás, quien por ese tiempo, el 8 de octubre, escribió al primer congreso de la Unión de Noógrafos(1):


«...Nosotros que aspiramos a reunir a la Humanidad en... por... conviene que nuestra organización se acerque en todo lo posible a nuestro bello ideal, a fin de que los trabajadores, acostumbrados a las prácticas de la verdadera democracia, a ser libres, a ser dignos, digan : no permitimos nunca ni imponernos, ni ser impuestos...» (carta núm. 1253).


En Las Federaciones de oficio, La Revista Social del 1 de agosto de 1873 dice: «...En la sociedad del porvenir, una vez destruidos la explotación, los privilegios y los monopolios, tendrán las Federaciones de oficio, probablemente, por objeto : 


Garantizar el derecho al trabajo, y al goce equitativo de sus frutos a todos los individuos de la Federación.


Establecer, de común acuerdo con las demás colectividades obreras, el valor del trabajo.


Cambiar los productos con productos.


Estudiar constantemente, por medio de la Estadística, los medios para progresar más; produciendo mucho con los menores esfuerzos posibles; perfeccionando los productos; extendiendo la aplicación y el progreso de la maquinaria, etc., etc.


Realizar, conforme al desarrollo de las ciencias y de las artes, el bienestar del hombre con la práctica de la Justicia...»


En la segunda mitad de 1873, último año de vida pública de las organizaciones, la "Revista Social", de Manresa, después Barcelona, de la cual fue Francisco Abayá durante, largo tiempo secretario de redacción, informa de que los sindicatos tomaban entonces la costumbre de regular sus relaciones por medio de pactos, como por ejemplo, el Pacto de amistad, solidaridad y defensa mutua entre las federaciones de los encargados, o sea de directores, mayordomos y paradores, y la de jornaleros, hiladores y tejedores mecánicos (18 de agosto; R. S., 29 de agosto).


Si la vida pública hubiera podido continuar, la experiencia habría mostrado probablemente formas de organización más allá de aquellas que, de 1870 a 1872, se tuvo tanto cuidado de poner al alcance de los obreros con los reglamentos típicos. Pero a partir de enero de 1874 por muchos años sólo pudieron vegetar las organizaciones más moderadas y borrosas.


El Consejo Federal nombrado por el Congreso de Barcelona, celebró su primera reunión bajo la presidencia de Lorenzo el 5 de julio de 1870, en Madrid; sus actas y las de la Comisión federal parecen ser las únicas conservadas, que se interrumpen el 9 de marzo de 1874. Lo mismo que las actas, se han conservado también los documentos intercalados y las cartas desde el 28 de julio de 1870 hasta el 21 de abril de 1874; desgraciadamente, a causa de lo desvanecida que está la tinta, son en su mayor parte ilegibles, por no decir invisibles. Los principales autores de estas cartas, son Francisco Mora, Anselmo Lorenzo, Francisco Tomás y Severino Albarracín, raramente Miguel Pino y otros. No he podido ojear más que una pequeña parte de estos documentos y he comprobado que otros muchos están demasiado borrosos para ser leídos sin grandes dificultades y, a menudo, sin remedio. También se ha constatado que en parte son puramente administrativos y que se repiten con frecuencia. Además, la Federación y, en 1873, el Boletín de la Federación Regional Española (Alcoy; Madrid; 15 enero-31 junio...) reproducen la mayoría de las actas, pero, sin embargo, siempre con discretas omisiones de algunos nombres, etc., que los documentos permiten restablecer. Tampoco es preciso olvidar que las cartas dirigidas al Consejo y a la Comisión son desconocidas, que las actas no contienen ni retienen las discusiones, etc., y que, si duda, cada secretario sigue su rutina, cubre su responsabildad, es prudente para lo que pone en el papel y remite a sus corresponsales, en suma, no podrían buscarse rasgos individuales en esta correspondencia austera y dignificada de la primera a la última carta. Sin embargo, cuando se han leído 300 ó 500 cartas escritas por Tomás, uno se hace una pequeña idea de este buen camarada y podría casi continuar hablando en su estilo. Estos documentos poseen además el valor de que, al menos, circunscriben el orden y la serie de las actividades de la organización pública en sus partes esenciales, aunque las cosas muy interesantes habrán sido arregladas sin dejar huella en ellos. Ni que decir tiene que no contienen ningún vestigio de la existencia de la Alianza, que no recuerdo haber encontrado en ellos el nombre de Bakunin y que evidentemente con razón, la vida floreciente o normal de numerosas secciones ha dejado muy pocos rastros, porque, si todo marchaba bien, no había gran motivo para sostener una correspondencia frecuente. 


A pesar de, todo, dichos materiales son inestimables por su amplitud y precisión en muchos aspectos, y yo estoy lejos de pretender haberlos agotado, cosa materialmente imposible en el tiempo de que dispuse. Son una fuente única sobre los primeros meses de 1874, cuando ya los periódicos no pudieron aparecer. A ellos debo, además de muchos detalles exactos y del conocimiento de algunos impresos de otro modo inencontrables, una impresión duradera de la magnitud, perseverancia, paciencia y abnegación recíproca de ese gran esfuerzo colectivo desinteresado, seguramente el más grande con mucho de toda la Internacional, y es muy de celebrar que de él se haya conservado este monumento para testimoniarlo definitivamente. Pues pocas cosas eran tan legendarias como las fuerzas de la Internacional durante su existencia misma en Europa y en algunas partes de América. De un lado sus dimensiones fueron desmesuradamente exageradas por voces hostiles que tendían a excitar a los gobiernos contra ella, por la voz del miedo y la mala conciencia de algunos burgueses, por el entusiasmo y las exageraciones de sus propios adherentes, a quienes agradaba figurarse la ubicuidad y la magnitud de las secciones, el desarrollo de la solidaridad de sus camaradas en los países extranjeros que no conocían. 


Aquí se hablaba de decenas de millar que se habían adherido a una sección después de una huelga, allá de millones enviados en concepto de socorro, acullá de las sesiones de un sombrío consejo general que manejaba los hilos de todas las conmociones que se producían en el continente europeo, más allá se daba como probable el que la Internacional hubiera incendiado París en 1871 y Chicago en 1872. Semejantes fruslerías circulaban de 1868 a 1872, lanzadas por ciertos periódicos con intención maligna o por ganas de farsa, y daban la vuelta al mundo con la infalible seguridad de las noticias falsas, dejando residuos en los cerebros y también en algunos libros. Por el otro lado hubo la polémica y, lo que fue peor, la rabia impotente y la baba de los autoritarios despechados, los cuales, desde su guerra abierta en mayo de 1872 con las "Pretendidas Escisiones", circular del Consejo general, y también con su guerra subterránea a partir del congreso de Basilea en 1869, empequeñecían todo lo que se hacía o sucedía en las secciones y federaciones antiautoritarias.


Así produjeron una serie de artículos y folletos con datos materialmente desfigurados o falsos que hoy todavía sirven de base-evangelio a la historiografía manuscrita de la Internacional: y los socialistas, al menos en dos grandes países, continúan actualmente ofreciendo al público los principales escritos de ese género como documentación auténtica sobre la Internacional. Contra eso se ha reivindicado ya, no por medio de una defensa moral de que no tienen necesidad, sino con pruebas documentales, a Bakunin, respecto al cual aumentan cada vez más los materiales—luego a la Federación Jurasiana, pues el material acumulado por James Guillaume puede ser ahora ampliado grandemente con documentos hallados después de su muerte—, a las acciones italianas hasta su constitución en federación en 1872, un libro impreso cuya aparición se ve retrasada por unas semanas a causa de una circunstancia fastidiosa,—y finalmente a la Federación española con estos y otros trabajos. Queda por aclarar en detalle la historia de las secciones internacionales francesas muy diseminadas, historia que en el fondo parece haberse perdido, pero sobre la cual arrojarán aún alguna luz documentos genoveses, jurasianos, españoles y londinenses concentrados. También queda la Internacional belga que no interesa a los socialistas, políticos de las generaciones presentes de ese país que deben conservar los documentos, pero que siempre se podrá apreciar por las grandes series de sus periódicos de la época, las más bellas producciones literarias de la Internacional en ese género. Así que una buena parte de ese trabajo está ya hecha.


Ahora, ante esos millares de cartas de los secretarios del Consejo y la Comisión federales, se comprenden mejor las exiguas proporciones del asunto Lafargue-Mesa-Mora-Iglesias en 1872-73, cuando estos hombres, de los cuales Mora habría debido proceder con más acierto, concibieron la idea de encajar sus opiniones personales al inmenso bloque de la Federación española, y cuando Lafargue en particular se puso a hostigar a La Alianza, inspirado por un celo denunciador que podrá ser examinado como fenómeno patológico en sus cartas a Engels, las cuales van a aparecer pronto en Buenos Aires. Lo que estos hombres propusieron era verdaderamente tan extraño al espíritu de la Internacional española, que sufrieron un fiasco absoluto. Aunque este asunto está ahora completamente aclarado, las preguntas formuladas por mí en el trabajo que acabo de mencionar carecen aún de respuesta; éstas se refieren a la Internacional en Barcelona misma, principalmente de 1870 a 1873, a la Alianza, la retirada del doctor Sentiñón en 1871, los movimientos del verano de 1873, etc... cuestiones todas sobre las cuales quizá sólo una persona podrá arrojar luz, a menos que aparezcan documentos y cartas menos formalistas que las de los secretarios. Este organismo de la Internacional, cuyas cifras detalladas en el trabajo indicado demuestran el acrecentamiento de sus miembros, de algunos millares a algunas decenas de millar, desde 1870 hasta 1873, y que sobrepasaba, como un gigante a un enano, las dimensiones tanto absolutas como relativas de la sociedad en los demás países, no se halló nunca, sin embargo—según mi impresión, en un estado de verdadera capacidad combativa, alerta y dispuesto a la lucha como si fuera demasiado grande o estuviera demasiado sobrecargado. Este gran organismo estaba cargado, voluntariamente, con una triple misión, la de la lucha diaria del proletariado, la de conservar y perfeccionar su complicado mecanismo a fin de estar presto para construir la armazón de la sociedad libre del porvenir, y la de llegar a esta finalidad por la liquidación social, una transformación por vía revolucionaria que evitaría los errores de las revoluciones políticas y conduciría precisamente al fin propuesto, la entrada del capital social y la humanidad laboriosa en los grandes cuadros territoriales y mundiales formados por la Internacional. Esto es mucho y quizá demasiado a la vez, y tantas misiones no pueden menos de chocar entre sí.


En tales condiciones un barco perdería en velocidad, incluso su recta navegación, flotaría como una almadía y se hallaría limitado a estar a la defensiva, por grande y fuertemente construido que estuviera. Prácticamente ocurrió que, o bien el organismo complicado (del que Lorenzo, El Proletariado militante. II, ps. 89-101, da una descripción y hace una crítica) no fue nunca elaborado en un gran número de localidades, o, si fue constituido en alguna parte, se convirtió más bien en objeto de desgarrones y asperezas. La práctica de relaciones directas por la Alianza por los camaradas de las localidades más militantes que se conocían, debió hacer posible durante tantos años la vida de la Internacional, y no el peso de largos reglamentos.


Lorenzo llama a la organización «obra en su mayor parte de estudiantes jóvenes burgueses relacionados con los trabajadores asociados de Barcelona y miembros activos de la Alianza de la Democracia Socialista» (II, p. 8g) y dice también (I, p. 182): «...arma de guerra y organización de paz, todo en una misma pieza, eso era aquella organización y eso metía Meneses en la cabeza de los delegados a fuerza de lógica y de perseverancia»-Antonio González García Meneses, delegado (según La Federación. 21 junio 1870) «por las sociedades de albañiles, zapateros carpinteros y ebanistas de Cádiz», según Lorenzo (I, ps. 180,81) «un joven estudiante... activo e inteligente en sumo grado, para todo tenía solución rápida y práctica». Los «dictámenes, proposiciones de necesidad probable y reglamentos...» fueron elaborados antes del congreso «en el seno de la Alianza» y allí Meneses «se distinguió notablemente». Fue ponente sobre la organización en el Congreso y lo que fue aceptado como forma de organización lleva probablemente su huella. No he vuelto a encontrar su nombre y sería deseable tener más noticias sobre él. Pero sobre esta base fue construida en 1871 la organización tan complicada que aceptó la conferencia de Valencia, que se vacilaba generalmente en poner en práctica y que se retocó un poco en Córdoba en diciembre de 1872, sin que, empero, se la desgravara verdaderamente. La vida misma era más fuerte que esas construcciones que creaban cauces para canalizar la vida que les desbordaba, y cuando, en 1872-73, fueron organizadas las Uniones de oficio, éstas tendieron, naturalmente, a crearse una vida sindical propia, a extenderse y reforzar el número de sus miembros, a batallar en las luchas diarias y cuando todo marchaba bien perdían un poco de vista a la Internacional, pero cuando estaban atolladas en huelgas y no sabían cómo salir del apuro no dejaban de dirigirse a toda la Internacional. En otros puntos, en las pequeñas localidades, todo el movimiento se concentraba en la federación o la sección locales y las uniones eran muy débiles o nulas, o bien había fuertes secciones locales de oficio allí donde algunas ocupaciones especiales predominaban entre los obreros y campesinos.


Si algo había que los secretarios del Consejo y la Comisión veían con malos ojos, eran, sin duda, las huelgas, cuestión muy discutida que atravesó también todo el período de la existencia de la Federación Regional de 1881-88, cuando las huelgas reglamentarias y las huelgas insolidarias fueron tan concretamente separadas, etc. Una consecuencia inevitable del ascendiente adquirido por la Internacional fue el que los obreros, con el sentimiento de su nueva solidaridad territorial y mundial, se pusieran a luchar contra sus sufrimientos más intolerables, lo cual tomó la forma de huelgas a menudo ganadas al primer asalto, pero que a veces encontraban una resistencia encarnizada y entonces era preciso recurrir a la solidaridad. Mas la Internacional en España, como en todas partes, con sus cotizaciones verdaderamente mínimas absorbidas por gastos que en su conjunto, comparados con las proporciones más recientes, eran también mínimos, fue siempre excesivamente pobre, y era necesario hacer esfuerzos especiales para poder subvencionar huelgas. Entonces el Consejo o la Comisión se encontró entre el peligro de casar a las secciones con la percepción demasiado frecuente de cuotas para apoyar huelgas y el de ver desfallecer o zozobrar a todo un movimiento local por la pérdida de una huelga defendida con sacrificios prolongados, pero insuficientes para la victoria. Un tradeunionismo de larga fecha podía hacer frente a estas situaciones, no un organismo que sólo consideraba las huelgas presentes (huelga por pauperismo, huelga de reparación contra un insulto y huelga de solidaridad) como incidentes en una de las ramas de su actividad, y que admitía en su seno no solamente a obreros que venían a un sindicato, sino también a hombres que aceptaban las ideas anárquico-colectívistas y que estaban dispuestos a luchar por su realización. 


Una de dos, o uno no se preocupaba más que de las ideas, de la liquidación social y del porvenir libre, y entonces no se podía reclutar a todo obrero, se llegaba a ser muchos mediante la perseverancia, pero no lo bastante numerosos durante largo tiempo aun para tener preponderancia en el pueblo—o uno no se preocupaba más que de los obreros y campesinos, y entonces se reclutaba a un número mayor, pero nada o insuficientemente penetrado de las ideas. Es inevitable que la vida misma, que sólo sabe de matices y no de paradigmas abstractos, haya producido una composición muy variada de los centenares de secciones de esos años, que habrá sido bien conocida por los militantes, los cuales se daban cuenta así de la verdadera fuerza de la Internacional, pero se han guardado bien de darla a conocer a los demás. No podemos hacer más que emitir una opinión, no sé si correcta o errónea, sobre lo que la Internacional hizo o dejó de hacer durante esos años, fundándola sobre lo que, de acuerdo con otros datos, creemos nosotros que quizá habría podido hacer. Si no lo ha hecho, vistas las cualidades y la abnegación de los militantes de entonces cuya mejor memoria nos es transmitida, debemos pensar que probablemente no podría hacerlo, que su organismo, por grande que fuese, carecía de esta movilidad, agilidad e iniciativa de que he hablado.


Una de sus glorias es que durante los años 1869 a 1873 se mantuvo apartada del mercado político permanente, abismo que se fue tragando uno tras otro a los partidos políticos, de los avanzados a los moderados, hasta dejar el camino libre por mucho tiempo a la reacción más insolente. Este desarrollo, que visto en su conjunto y desde atrás puede parecer una evolución fatal, inevitable entonces, no pudo parecer lo mismo a los contemporáneos, que no veían más que partes sucesivas de un mal que procedía y que esperaban siempre contra-esperanza. Teóricamente no importaba nada a los intemacionalistas desinteresados de la política de los estados el que los conservadores conservadores estilo Cánovas o los federales estilo Pi ocuparan el poder, pero individualmente ¿es debilidad, es traición si se admite muy bajito que se prefiere el sistema menos conservador? Individualmente también los internacionalistas habrán estado en esos años con todos los que luchaban por una causa progresiva, con los cantonalistas de 1873 y otros. La Internacional como conjunto no se prodigó en ninguna de esas luchas y en una gran batalla en nombre de sus propias ideas. 

Sería preciso conocer la historia de los años 1869 a 1874 mejor que yo la conozco, para juzgar si la Internacional, por su abstención y comedimiento, perdió o no una gran ocasión. Yo pienso que no : habría podido producir una segunda manifestación tal como la Commune de París en 1871, pero hubiera perecido como pereció entonces la Commune, sin que su ejemplo hubiese sido imitado hasta hoy como tampoco lo ha sido el de la Commune. En vez de esto, después de muchos sacrificios individuales en 1873, ella estaba en pie e intacta en enero de 1874 y así fué como pudo asegurar esa gran continuidad que caracteriza al movimiento obrero de España. Cuando hacia 1880 los movimientos públicos volvieron a tomar vuelo en Europa, fue necesario con mucha frecuencia empezar de nuevo, pero en España no se tuvo que hacer más que continuar, pues la base amplia no se había perdido y me parece que aun vibran las repercusiones de esta continuidad.


Hasta 1873 las medidas de represión contra la Internacional, por odiosa que fuera a los burgueses y por íntimamente que fuese detestada por los partidos políticos, incluso los federales, con todos los cuales se negaba a ir, fueron poco importantes y fácilmente rechazadas. Algunos meses pasados por G. Sentiñón en una fortaleza, sin proceso en 1871, algunos meses pasados por Marselau en la cárcel de Sevilla—entonces fue preciso que el grupo de la Alianza celebrase sus reuniones en la cárcel, puesto que Lorenzo, del Consejo Federal, acudió allí a consultar a Marselau y los demás miembros de este grupo (v. El Proletariado militante. I, p. 430)—, un viaje del Consejo federal a Lisboa en 1871 por algunos meses, previendo que en Madrid se pondrían trabas a su acción, una cantidad de cartas hacia fines de 1871, por las cuales F. Mora, el secretario, se puso de acuerdo con las secciones para su continuación clandestina en caso de interdicción de la organización pública, tales incidentes y sin duda otros no tenían gran importancia para hombres que con mucha frecuencia habían militado en los partidos proscriptos hasta 1868 y que habían combatido en 1866 y diversas ocasiones más. En sus declaraciones públicas y sus periódicos la Internacional era inalterablemente consecuente e intransigente en ideas, severa e implacable en crítica y censura, pero se hallaba a mil leguas de la grosería, de las palabras gruesas, de lo que se llama vulgarmente excitaciones; se sabía que la lucha seria había de llegar un día y no se intentaba ni precipitarla ni diseminarla y dividirla en escaramuzas.


Y, sin embargo, esta situación fue envenenada irremediablemente a partir de julio de 1873 por los acontecimientos revolucionarios de ese mes y el trato dado a los obreros presos. La Carta de los trabajadores detenidos en las prisiones militares del Castillo de Santiago, de Sanlúcar de Barrameda, a la Comisión Federal española, fecha 29 de octubre de 1873, en , nombre de 74 presos (publicada en El Condenado. Madrid; también en La Revisita Social. Barcelona, 14 de noviembre), es quizá el primer documento internacionalista español de esa época que sus autores, han hecho terminar con las palabras: «...porque entre todos los obreros del mundo corre un eco con la velocidad del rayo, que dice: ¡venganza! ¡venganza!  ¡¡¡ VENGANZA !!!»


Entonces la Comisión Federal lanzó su circular núm. 34 del 10 de noviembre de 1873, publicada por La Federación y por La Revista Social del 28 de noviembre y el 12 de diciembre, que comenzaba así: «Compañeros: Los actos vandálicos que desde el 1º del que cursa están llevando a cabo los agentes del poder ejecutivo de la república federal española en Alcoy, Concentaina, Benilloba, Játiva y otros pueblos, nos imponen el deber de denunciarlos a los trabajadores todos...»


Esta circular no es de ningún modo un llamamiento a la venganza, pero traza, quizá por primera vez en esta literatura tan fundamentalmente pacífica hasta entonces, aunque llena de fórmulas teóricas rechazando el sistema estatista y burgués, las posibilidades de defensa contra las crueldades de que se hacía objeto a los obreros presos. Me parece interesante mostrar con estos extractos los orígenes de hostilidades inveteradas que tienen por base una lesa humanidad, la irritación causada no por las casualidades mutuas de las luchas políticas, sino por éste excedente de las luchas leales, la crueldad, que siempre conduce fatalmente, pronto o tarde, a contra-acciones que provienen del corazón herido de la humanidad.


La circular observa, pues:


... «Pero si ellos (los burgueses) ni piensan, ni creen, a nosotros nos toca examinar a donde nos conduce tan temeraria conducta. Esa conducta nos empuja, por desgracia de la humanidad, a un estado de horribles represalias, en las que calle la palabra, enmudezca la pluma y cesen las funciones de la razón. Pues qué ¿sería mucho suponer que viéndose el trabajador perseguido, acorralado por los sabuesos de la burguesía como un jabalí de los montes, saliese éste disparado contra sus cazadores y buscase el alimento de su natural furor en la venganza personal?


Y en este caso ¿qué ocurriría? Horroriza pensarlo: pero no bastaría entonces todo el horror que pudiera causar para evitar las funestas y obligadas consecuencias. Sucedería que tendríamos que presenciar cómo todo se fiaba a la ocasión propicia, y todo se resolvía por el fuego o por el acero. Y si ésto llegase a suceder, que a ello nos empujan ciegamente ¿tendría ni siquiera el derecho de quejarse esa clase vengativa y criminal? No, ciertamente.


Sabido es de todos lo que venía ocurriendo en Inglaterra cuando la organización de las Trades Unions vivía amparada por el misterio contra las persecuciones de la ley y la saña de los explotadores. Todos los días la llama que devoraba una fábrica, propiedad de algún cruel explotador, iluminaba el cadáver de otro que vivió descuidado, o el de algún obrero que hiciera traición a los acuerdos de la colectividad. Los casos fueron tantos y de tal modo conoció la clase dominante su impotencia para resistir ese género de lucha; de tanta gravedad apreció el peligro que sólo pudo esperar y obtuvo su tranquilidad firmando las paces con los trabajadores por medio de un "bill de indemnidad"(3), por el que excluía de responsabilidad a todos, fuera cualquiera el número y gravedad de los actos que hubiesen verificado a cambio sólo de una declaración del modo y manera cómo fueron llevados a cabo; quedando desde aquella época reconocida por la ley aquella vasta organización.


¡Que poco se aprovechan, por desgracia, las enseñanzas de la historia!...»


Por lo demás, la circular no es ni mucho menos un llamamiento para una acción de tal género, sino que estaba destinada a hacer aceptar una cuota semanal de 25 céntimos para las víctimas y dice además: ... «conservemos al propio tiempo nuestra organización, haciéndola cada vez más revolucionaria para apresurar el día en que ha de caer hecho pedazos este desorden social, envolviendo entre sus escombros, si necesario fuese, a nuestros explotadores...»


Fue, pues, como se ve, este capítulo de la historia de las Trades Unions de que se habla poco hoy, pero que no está olvidado, durante el cual se realizaron numerosos actos de sabotaje y de terror, principalmente en el distrito de la industria cuchillera de Sheffield, los Sheffield Trade Outrages, y terminado algunos años antes de 1870 por una gran encuesta parlamentaria bajo garantía de amnistía, fue este episodio histórico reciente el que inspiró la advertencia contenida en esta circular del 10 de noviembre de 1873, que no tuvo entonces, que yo sepa, ninguna consecuencia y la Internacional se adaptó sin resistencia a la nueva vida que la interdicción del 11 de enero de 1874 le impuso pronto. Amplia y potente en idea por la penetración de una parte, incalculable en sus verdaderas dimensiones, pero ciertamente considerable de sus decenas de miles de miembros inscritos (se habla de 50,000 en 1873), la Internacional española, que comprendía igualmente un número muy elevado de sindicados de buena voluntad, mas no adquiridos completamente todavía para las ideas y la energía revolucionarias, era vulnerable en su desarrollo exterior, pero indestructible en su esencia y su cohesión interiores. Pues en esos años, que yo conozca, no surgió ninguna crítica que discutiese las numerosas obligaciones que los afiliados aceptaban voluntariamente, pero que desde aquel momento debían ser cumplidas por ellos. Semejante crítica sólo podía traer un día la disolución de un organismo de esta fuerza, acompañada del reconocimiento general de la incompatibilidad de los intereses del presente y las aspiraciones del porvenir unidos en un mismo cuerpo. Pero aun no hemos llegado ahí. En este capítulo hago alto en enero de 1874, fecha de la desaparición forzosa de la Internacional de la vida pública en España.
                                                                                                                                                                                                                    M. NETTLAU (26-7-1928)

Publicado el 1-10-1928 en La Revista Blanca.


Notas:

(1) Se quiso definir con este nombre a trabajadores del campo de las artes gráficas como los tipógrafos y los impresores; también los periodistas. La Unión de Noógrafos fue una asociación pre-sindical (una unión obrera) adherida a la Federación Regional Española, constituida como la sección española de la Primera Internacional. Esta asociación celebró su primer congreso en octubre de 1872 en Capellades, Barcelona. En él se decidió la publicación de un boletín oficial de la expresada unión. A raíz de la puesta fuera de la ley de la Internacional quedó desorganizada hasta la vuelta a la vida pública de la misma, empezando de inmediato los trabajos de reorganización.

Del 22 al 25 de julio de 1882 se celebró en Gracia el congreso de la “Unión de Noógrafos“. En él fue acordado por unanimidad entrar a formar parte de la Federación Regional, así como también sus secciones. Igualmente se acordó la publicación de El Noógrafo, quedando “elegida la sección tipográfica de Sabadell, para su administración y publicación, de acuerdo con la de Barcelona, encargada de su redacción, la que, a su vez lo redactará en unión de la comisión administrativa.” La revista se publicó efectivamente el 15 de septiembre de 1882, pero no pasó del primer número. Pulcramente presentada y “suntuosamente impresa”, sus dieciséis páginas están repletas del extracto de las actas del Congreso, Estatutos y un largo manifiesto. Ignoramos los motivos por los cuales cesó en su publicación, si es cierto – como suponemos – que únicamente llegó a ver la luz el primer número.

Información extraída de MADRID SANTOS, Francisco. “La prensa anarquista y anarcosindicalista en España desde la I Internacional hasta el final de la Guerra civil”. Director: Josep Termes Ardevol. Universidad Central de Barcelona, Facultad de Geografía e Historia, Departamento de Historia Contemporánea, 1989.

(2) Este vocabulario de uso obsoleto y que no se encuentra registrado en la RAE, alude a una palabra de origen inglesa que quiere decir proyecto de ley. Bill de indemnidad es una resolución en la cual el parlamento sanciona un proceso del ministro adjudicándole la potestad de otorgar indemnidad.

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