Los asesinatos del teniente Castillo y de Calvo Sotelo. Eduardo de Guzmán


Castillo y Sotelo


Poco antes de las diez de la noche del domingo 12 de julio de 1936, el teniente de asalto don José Castillo abandona su domicilio en la calle madrileña de Augusto Figueroa, para dirigirse al cuartel de Pontejos, donde ha de entrar de servicio dentro de unos minutos. Está en plena luna de miel porque lleva casado poco más de un mes y su joven esposa se asoma al balcón para despedirle. Castillo alza un momento la cabeza para mirar sonriente a su mujer y sigue andando en dirección a la calle cercana de Fuencarral. No llegará vivo a ella. Cuatro individuos, que esperan impacientes en las inmediaciones, entran en acción al verle salir del portal. Uno de ellos indica a los otros:


- ¡Ese! ¡Ese es...!


El estrépito de los disparos de las pistolas que empuñan se confunde con las palabras. Alcanzado de lleno por dos balazos, el teniente de Asalto se derrumba pesadamente, muerto antes de poder esbozar el menor gesto defensivo. Sus agresores emprenden la huida y no tardan en desaparecer, amparados, más que por las sombras de la noche, por el estupor y desconcierto de los testigos presenciales del crimen.


Cuando Castillo es recogido del suelo y llevado a una clínica cercana, los médicos no pueden hacer otra cosa que certificar su defunción. Poco más tarde el cadáver es trasladado a la Dirección General de Seguridad, donde se instala la capilla ardiente para que el muerto sea velado por familiares, amigos y compañeros de Cuerpo.


El asesinato del teniente es una más entre los numerosos atentados políticos perpetrados en Madrid entre los meses de febrero y julio de 1936. Castillo es un militar izquierdista, perteneciente a la Unión Militar Republicana Antifascista (UMRA), exactamente igual que el capitán Faraudo, asesinado también en una calle madrileña el 8 de mayo anterior, asimismo ante los ojos espantados de su mujer. Hay quien sostiene, además, que el teniente, de ideas socialistas, actúa como instructor de las milicias de la JSU. Incluso no faltan posteriormente quienes escriben que su muerte es un simple ajuste de cuentas, porque en el curso de las sangrientas luchas callejeras producidas en el mes de abril durante el entierro del alférez de la Guardia Civil Anastasio de los Reyes, disparó contra un joven, que unos dicen falangista -Saénz de Heredia- y otro tradicionalista -José Llaguno- que ambos fallecen en la trágica jornada en unión de otros cuatro, igualmente heridos de bala.


Aunque la policía no logra detener a los autores del atentado, existe desde el primer momento la impresión de que se trata de un grupo de choque, de una especie de comando falangista. La impresión primera se confirma posteriormente.




Pocos crímenes en el curso de la historia española han hecho correr tantos torrentes de tinta y sangre como el asesinato del diputado monárquico y antiguo ministro de Hacienda de la Dictadura, Calvo Sotelo, perpetrado en la madrugada del 13 de julio de 1936. 


Aunque los hechos tal como sucedieron revisten sobrada gravedad, no faltan quienes los desfiguran y exageran en el transcurso de los años siguientes, atribuyéndoles un origen que no tuvieron y unas consecuencias que no fueron de una manera exclusiva producto suyo. 


Contado millares de veces en los cuarenta años transcurridos desde entonces, lo sucedido en la madrugada del 13 de julio, puede resumirse diciendo que entre los amigos y compañeros del teniente asesinado -varios de los cuales temían correr la misma suerte- surge la idea de actuar rápida y eficazmente por cuenta propia, saltando por encima de leyes y reglamentos. Unos propugnan lisa y llanamente la ejecución de determinadas personalidades derechistas a las que se consideran complicadas en la conspiración en marcha e instigadoras morales de los atentados. Otros, más moderados, abogan por la simple detención de las mismas personalidades para mantenerlas como rehenes que garanticen las propias vidas de quienes les retengan presos. Sin que se imponga de una manera clara uno u otro de dichos planes, varios oficiales -entre los que figuran el capitán de la Guardia Civil Fernando Condés y el teniente de Asalto, Máximo Moreno- abandonan el cuartel de Pontejos para ponerlos en práctica.


En una camioneta abierta parten con rumbo al domicilio de Calvo Sotelo nueve guardias de Asalto de la sección mandada por el teniente Castillo, tres paisanos -Cuenca, Garcés y Ordóñez- socialistas, amigos personales del muerto, y el capitán Condés, que manda la expedición aunque no viste de uniforme. Al mismo tiempo sale -con rumbo al parecer a la casa de Gil Robles, que se encuentra en Biarritz- un automóvil en el que acompañan al teniente Moreno, otros dos oficiales y un par de guardias de Asalto.


El grupo en el que va Condés, algunos guardias de uniforme y el paisano Cuenca se presenta de madrugada en el domicilio de Calvo Sotelo, anunciando que van a detenerle. El interesado alega su inmunidad parlamentaria y trata de hablar por teléfono, cosa que le impiden quienes proceden a su detención. Tras una discusión bastante viva, el diputado monárquico depone su resistencia ante el carnet de oficial de la Guardia Civil que le muestra Condés. Bajan a la calle y el detenido ocupa un sitio en el tercer banco de la camioneta, mientras Condés se sienta delante junto al conductor. El sereno y los guardias de orden público que prestan servicio de vigilancia ante el domicilio de Calvo Sotelo, oyen dar al capitán una orden clara y concreta:


- ¡A la Dirección General de Seguridad!


La camioneta marcha por la calle de Velázquez en medio del silencio de todos sus ocupantes. De repente, al llegar a la altura de Ayala, suenan dos disparos, hechos por Victoriano Cuenca, que va sentado inmediatamente detrás del ex ministro monárquico, apoyando el cañón de la pistola que empuña en la nuca de Calvo Sotelo, que muere en el acto. Alguien ordena entonces al conductor:


- ¡Al cementerio!


Minutos después, los guardias entregan a los vigilantes del cementerio el cadáver de un hombre, muerto según ellos en una reyerta, cuyo nombre no dan. Pasarán unas horas hasta que, ya entrada la mañana del lunes, alguien lo identifique en el depósito como Calvo Sotelo, que hasta este momento figura oficialmente desaparecido.