La Iglesia en España (1977-1998) Alfredo Grimaldos [epub]



Así se las gastan estos enmendadores de almas que solamente atienden a la llamada de los desalmados. La curia española se arroga el derecho de dirigir nuestras vidas, puesto que su verdad es incontestable al ser de procedencia divina según graznan estos íncubos farsantes. Sacan a la la calle a miles de descerebrados, lobotomizados desde pequeños por la demoníaca doctrina del Vaticano; arengan al rebaño que basa su vida en supersticiones estúpidas y sin sentido, aunque todo es fachada todo es hipocresía. Quieren imponerle a las mujeres que sean madres, desprecian a lxs homosexuales e inmigrantes porque su infrahumanidad necesita creer que existen personas aun más bajas que ellas, pero el pozo de mierda en el que habitan nunca dejará de oler. 

Grimaldos vuelve a destapar lo que pocos se atreven, el Poder real de la Iglesia española en alianza con la corona borbónica y la espada militar; la maldita Santa Trinidad española, el contubernio de los hijos de Caín. Los cuervos de Satán acaparan casi 2 billones de las antiguas pts, sacan a la calle a miles de personas sin vida interior y cuyo anhelo es que todos piensen como ellos. Enseñan el creacionismo en el 80% de las escuelas concertadas, Darwin solamente es un hereje que cree que sus progenitores son monos. Con el dinero de todxs se inocula veneno religioso en mentes púberes que son como una pizarra en blanco; pero en la cual, una vez escrito el mensaje, este resulta practicamente indelebe o deja secuelas para toda la vida.

Mientras miles de personas siguen buscando en las cunetas y alrededores de cementerios a sus familiares vilmente asesinados, los del otro bando han beatificado ya a más de 900 de los que ellos llaman "caídos por Dios y por España". Los fachas siempre hablan de no abrir heridas ya cerradas; pero en este caso, la herida nunca cicatrizó debido a la infección fascista que sufre este país, impuesta a todxs con la ayuda de nazis, fascistas italianos y algunos marroquíes, además de con la complicidad silenciosa del resto del llamado mundo civilizado.


¿Cual fue el primer viaje a título de rey que hizo el último Borbón, Felipe VI "El Preparado" (a la carta por el Fascio español)? Pues precisamente a la cueva de los demonios vaticanos. El primer jefe de Estado del mundo que recibió a Felipe VI y su socia fue nada menos que el capo de los demonios que habitan iglesias. La Corona basa sus derechos dinásticos en la elección sagrada, es el Dedo de Dios el que elige a las familias que deben ser pastoras del descarriado rebaño, y todo ello a pesar de que después dicen que Dios nos creó a su imagen y semejanza, debe ser bipolar, porque sino, no encuentro explicación posible. 

Os dejo algunos extractos de este libro, imprescindible para conocer hasta donde alcanzan los tentáculos del demonio similar a los que describe Lovecraft y que rige a esta secta milenaria de demonios disfrazados de santos. La religión es veneno, la cultura su único antídoto. 


«España vuelve a hallarse dividida y enfrentada, porque se están abriendo viejas heridas de la Guerra Civil», declara en noviembre de 2006 el jesuita Juan Antonio Martínez Camino, portavoz de la Conferencia Episcopal Española. Durante la rueda de prensa en la que presenta la anunciada «Instrucción pastoral» de los prelados, otra más, denuncia que el tímido proyecto gubernamental de Ley de la Memoria Histórica está, en realidad, «guiado por una mentalidad selectiva». Paralelamente, los prelados españoles preparan una nueva beatificación masiva de «mártires de la Cruzada». En este caso van a ser 498 los agraciados por el Vaticano. Entre ellos no se encuentra ninguno de los sacerdotes vascos fusilados por las tropas franquistas. De este modo, la jerarquía eclesiástica española continúa impulsando el carrusel de beatificaciones que se inició con la llegada de Karol Wojtyla a la cúpula del Vaticano.

Acabada la guerra, la Iglesia católica española quiere perpetuar la memoria de sus «mártires» con algo más que ceremonias fúnebres y monumentos, y reclama, apoyada por los dirigentes franquistas, que todos sean beatificados. Pero Pío XII se opone a una beatificación indiscriminada y masiva de miles de «caídos por Dios y por España». A pesar de que, inmediatamente después de acceder al pontificado, cuando aún falta un mes para poder escuchar el último «parte oficial de guerra» franquista del 1 de abril de 1939, el papa Pacelli ha santificado enseguida la victoria del fascismo en España. El día 16 de ese mismo mes declara: 

«La nación elegida por Dios acaba de dar a los prosélitos del ateísmo materialista la prueba de que, por encima de todo, están los valores de la religión». 


Además, también ha dado prueba de su agradecimiento personal a Franco por culminar satisfactoriamente la Cruzada, nombrando al dictador protocanónigo de la basílica romana de Santa María la Mayor.

Son los tiempos de las sacas diarias y los fusilamientos en las tapias de los cementerios y las cunetas, de los batallones de trabajadores forzados, el exilio y las prisiones repletas, la hora de la persecución y la expropiación de los bienes de todos los que han defendido la legitimidad republicana contra los militares golpistas, la Iglesia ultramontana y sus aliados nazis y fascistas. Pero la derrota de Hitler y Mussolini en 1945 deja los procesos de beatificación congelados, de modo que las simpatías de Pío XII no canten demasiado y resulten excesivamente molestas para los vencedores de la contienda mundial.

Una actitud similar adoptan sus sucesores Juan XXIII y Pablo VI, quien ordena la paralización de los procesos canónicos que están llegando al Vaticano desde el final de la Guerra Civil. En 1965 decide retrasarlos «para tiempos futuros, cuando la perspectiva histórica ayude a esclarecer los hechos y mejor valorarlos».

La cosa cambia con Juan Pablo II. En marzo de 1982, el papa polaco comunica a los obispos españoles que va a impulsar la beatificación de los «mártires». El anuncio del cardenal Pietro Palazzini, prefecto del dicasterio de la Curia Romana para la Causa de los Santos, de que se van a abrir los procesos de declaración de martirio y beatificación de las víctimas de la Guerra Civil española causa impresión y estupor en el propio Vaticano.

Hay que recordar que, en materia de canonizaciones, el «papa» Clemente Domínguez, de la Iglesia de El Palmar, alias Gregorio XVII ya pretendió elevar a la categoría de santo al dictador Francisco Franco. Después de cuarenta años, son los jerarcas de la Iglesia católica los que continúan justificando la sublevación contra el Gobierno constitucional de la República quienes quieren seguir manteniendo el exclusivo privilegio de honrar a sus muertos. Cuando los restos de decenas de miles de fusilados republicanos aún no han aparecido y sus propiedades, esquilmadas en los años del terror, jamás han sido reintegradas a los legítimos propietarios ni a sus herederos. Cuarenta años de represión y vejaciones, mientras los obispos llevaban bajo palio al dictador. Desde el mismo 18 de julio, en el bando fascista, las víctimas religiosas de la guerra empezaron a ser consideradas «mártires», y a continuación, han tenido cuatro décadas más de dictadura a su servicio. Pero setenta y dos años después del inicio de la sublevación fascista, las placas de «caídos por Dios y por España» se mantienen en las iglesias, al mismo tiempo que muchos republicanos asesinados en la guerra y la posguerra permanecen aún en fosas comunes.



2 comentarios:

Anónimo dijo...

Mil gracias por la recomendación del libro. Lo busco ya!

Erik Redwine dijo...

No hay de qué, para eso estamos. Salud. :-)