Por qué perdimos la guerra. Abad de Santillán [Pdf & epub]


Hemos asistido de cerca, en cierto grado, a los comienzos de la intervención rusa en España. Se nos colmaba de elogios. En el Manchester Guardian apareció el 22 de diciembre de 1936 una entrevista con Antonov Ovsenko, una especie de homenaje a nuestro esfuerzo ante el mundo. Contra nosotros, personalmente, se inició una especie de persecución a fuerza de banquetes, de promesas, de halagos. ¿Qué se pretendía? Eramos un obstáculo para una intervención que fuese más allá de lo conveniente, de lo aconsejado por una legítima solidaridad. Había que tantear nuestra resistencia. Antonov Ovsenko y Stajevsky, con la plana mayor militar, aérea y naval, y con los técnicos industriales que nos había enviado Rusia para poner bien de relieve la superioridad de los militares y de los técnicos españoles, no nos dejaban un instante de sosiego. Por iniciativa suya iban a Barcelona, Negrín y Prieto, por su iniciativa nos hacían mantener relaciones. Por su iniciativa fue derribado Largo Caballero, divulgando en Cataluña que, mientras él estuviese en el Gobierno, no tendría armamento el frente de Aragón, mientras que la negativa de armamento a nuestro frente era cosa exclusivamente rusa, como se vio claramente más tarde. Por su iniciativa hubimos de dejar nosotros las milicias, el último gran obstáculo que se presentaba a sus proyectos de intervención y de control de la guerra y de la política españolas. Para inspirarnos confianza se nos hizo llegar alguna pequeña cantidad de armas y municiones, advirtiéndonos que era por imposición suya y bajo nuestra garantía personal. Armamento pésimo, anticuado, inservible la mayoría de las veces. En cierta ocasión nos fueron entregados nueve mil rifles, pero por su intervención los hemos devuelto al frente de Madrid con nuestros hombres.

Interesan poco los pormenores de aquellas conversaciones. Nos alarmaba ver en qué poco tiempo disponían aquellos hombres recién llegados de las cosas de España, de los hombres del Gobierno, como si fuésemos una colonia bajo su tutela. Eran ellos los que resolvían quién había de detentar el Gobierno y cómo había que gobernar. Teníamos que negociar por fuerza con el Gobierno de Valencia, en demanda de divisas o de materias primas. Stajevsky, insinuante, nos había advertido que contásemos con él para conseguir que Prieto y Negrín accediesen a lo que nosotros solicitásemos. Y así hubimos de hacer algunas veces para no encontrarnos con las puertas cerradas.

Se nos propuso la venta de los tejidos de Cataluña estando nosotros en el Gobierno autónomo y nos rehusamos porque la operación nos parecía ruinosa; se nos pidió la eliminación de Andrés Nin y su Partido y nos negamos a esos favores. Por lo visto no éramos pasta maleable, no podíamos figurar en el elenco de los instrumentos de Rusia, como habían consentido en serlo Prieto y Negrín, el primero por deshacerse de Largo Caballero, el segundo por simple irresponsabilidad de aventurero, a quien Prieto había forjado la escala de sus fantásticos ascensos y había dejado las manos libres para sus geniales innovaciones de hacendista, cuyo primer gesto fue entregar a los rusos la mayor parte del oro del Banco de España, y el segundo crear un astronómico ejército de carabineros para uso particular.

No hemos palpado directamente las formas de la intervención italiana y alemana en la España llamada nacionalista. Habrá sido tan manifiesta, pero no más que la intervención rusa en la España leal. Con la diferencia que del otro lado se tenía la justificación de la ayuda efectiva, y de nuestro lado no había tal ayuda, y el dominio ruso lo controlaba todo, desde las finanzas hasta los más insignificantes nombramientos.

Como argumento máximo para esa tolerancia de todos los partidos y organizaciones ante la injerencia rusa irritante, se decía que era Rusia el único país que nos hacía entregas de armamento y municiones. No lo hacía gratis, claro está, sino a precios de usura enormes, y llegase o no llegase el material a nuestros puertos. El propio Prieto confiesa que ha consentido en firmar recepción de materiales que no habían llegado a España y cuenta, entre otros, un curioso entredicho por la firma en blanco, sin saber para qué destino, de un cheque por 1 400 000 dólares. Pero las armas rusas, aparte de caras, eran de la peor calidad, y además escasas, y por sobre todo distribuidas con un partidismo desmoralizador, a trueque de rendir homenaje al genio de Stalin. No podían resolver las necesidades de la guerra y nos cerraban el camino para negociaciones con otros países, hostiles a Rusia, y que no querían saber nada de una España en manos de los emisarios o de los agentes soviéticos.

Tétrica imagen de la Puerta de Alcalá en 1937. El autoritarismo comunista, con Stalin a la cabeza, en todo su esplendor.

El primer incidente con los rusos lo tuvimos en materia comercial, y desde entonces nuestros recelos, fueron en aumento. Nos querían comprar los tejidos, como hemos dicho, y ya por entonces habíamos hecho tentativas diversas de venta de potasas a Francia e Inglaterra, con el resultado, siempre, de ver embargados los pequeños cargamentos de prueba. Propusimos a los rusos que fuesen ellos los compradores de nuestra potasa, una gran riqueza que podía financiar una parte de la guerra. Los barcos que llegaban a España desde Odessa podían volver cargados de potasa. Rusia se negó a esa compra argumentando que pertenecía al trust de la potasa, en el cual Alemania tiene la parte principal. Se era más fiel al trust de la potasa que a los sentimientos tan cacareados de solidaridad con la España republicana. Se prefería comprar la potasa necesaria al trust y no comprar la nuestra, de alta calidad. Francia e Inglaterra prestándose al juego del embargo de mercaderías y Rusia negándose a adquirir la potasa y a pagarla como quisiera, en otra materia prima cualquiera o en armamento, han procedido de igual manera.

Se equivocaba, sin embargo, Rusia con España, si es que había llegado con el propósito de establecer un intervencionismo duradero y no obraba ya en connivencia con el Estado mayor alemán y con los intereses alemanes; terminada la guerra, se habría liquidado su predominio y su injerencia, que rechazaba en absoluto el pueblo español, aunque haya habido suficientes traidores para comprar sus ascensos y su hegemonía de una hora a cambio de una profesión de fe staliniana no sentida. El día siguiente de la guerra habría sido el primero de la liquidación del moscovitismo en España, si triunfaba la República; lo fue, desgraciadamente, pero a través del triunfo de Franco, que fue más afortunado con sus aliados de lo que lo ha sido la República con los suyos...





2 comentarios:

Rafabulldog dijo...

Me ha gustado mucho la historia y la entrada, se agradece el trabajo

Erik Redwine dijo...

Gracias compañero. Una de las razones de existir de este blog es la de denunciar la falsedad marxista y la miserable aptitud que tuvieron los dirigentes de la república burguesa durante la guerra civil. Preferían el fascismo antes que un pueblo libre y soberano de su presente y su futuro. La farsa llega hasta el punto de que se nos quiere vender en nuestros días el republicanismo de los stalinianos españoles a sueldo de Moscú. Salud.