María Teresa Ruiz. Hijos de las estrellas [epub]






En Hijos de las estrellas, la reconocida astrónoma María Teresa Ruiz condensa el conocimiento que poseemos sobre el universo, y explica en qué parte de él estamos, así como cuándo y cómo llegamos aquí. Al mismo tiempo, describe con precisión y amenidad los métodos, técnicas e instrumentos con que se han llevado a cabo las investigaciones que han permitido postular las principales definiciones y teorías astronómicas. Y todo esto lo hace con un lenguaje claro y atractivo que en ningún caso descuida la complejidad de la información.


Su premisa, formulada en las primeras líneas de este libro asombroso, es que la curiosidad y el espíritu explorador son los factores que propician la evolución de la humanidad, pues esta accede al conocimiento «del mismo modo en que un niño pequeño explora el mundo que lo rodea tirando objetos al suelo para ver qué pasa».


Vía Láctea


La Vía Láctea es una galaxia de tipo espiral, es decir se ve como un remolino. El Sol (con nosotros en la Tierra girando torno a él) se encuentra en uno de sus brazos espirales: más o menos a mitad de camino entre el centro y el borde de la galaxia, a unos veintiocho mil años luz de distancia del centro. Un año luz corresponde a la distancia que recorre la luz en un año, esto es, 9,46 billones de kilómetros. Si mandamos un mensaje a un planeta que esté cerca del centro de la galaxia, demorará veintiocho mil años en llegarle, y veintiocho mil años más tarde, es decir, cincuenta y seis mil años después de que enviamos el mensaje, llegaría la respuesta. El Sol gira en torno al centro de la galaxia a ochocientos mil kilómetros por hora y da una vuelta completa a la Vía Láctea en doscientos treinta millones de años. Mientras el Sol, en su órbita alrededor del centro de la galaxia, no cambie bruscamente su velocidad, nunca nos daremos cuenta de la velocidad con que viajamos como pasajeros en nuestro sistema solar, tan alta que es casi imposible imaginársela. Sin embargo, en el universo estas velocidades son muy frecuentes, nada extraordinario.


Andrómeda


Saliendo de la Vía Láctea, vemos que tenemos una vecina muy parecida a nosotros, una galaxia de tipo espiral conocida como Andrómeda. Si medimos la velocidad de Andrómeda, veremos que se está acercando a nosotros a ¡doscientos ochenta y ocho mil kilómetros por hora!, en curso de colisión con la Vía Láctea. Por suerte, Andrómeda está a una distancia de casi tres millones de años luz de nosotros, por lo que esto no ocurriría hasta unos siete mil quinientos millones de años más. Claro está que será un abrazo de proporciones. Para entonces, el Sol se habrá extinguido, ya que solo le queda combustible para brillar unos cinco mil millones de años más. Espero que nuestros herederos puedan disfrutar del espectáculo desde un exoplaneta, girando en torno a una estrella tranquila y acogedora para el desarrollo de la vida, que sea el nuevo hogar de la humanidad.


Nube Menor de Magallanes


Además de Andrómeda, vemos aproximadamente cuarenta galaxias más pequeñas (enanas), algunas atrapadas por la fuerza de gravedad de Andrómeda o de la Vía Láctea, girando como un enjambre de abejas alrededor de ellas. Las más conocidas e importantes, por su cercanía a la Vía Láctea, son la Nube Menor de Magallanes y la Nube Mayor de Magallanes. En una noche oscura se las puede observar desde cualquier lugar del hemisferio sur de la Tierra: se ven, justamente, como nubes. ¡Cómo habrán desconcertado a los antiguos exploradores navegantes, muy conocedores del firmamento, estas «nubes fijas» que aparecían todas las noches, al igual que las estrellas que guiaban su camino! Los habitantes de Tierra del Fuego las pueden ver casi justo sobre sus cabezas.


Detalle de la Gran Nube de Magallanes, en una imagen tomada por Hubble.


Si nos alejamos un poco de nuestro «vecindario», que compartimos con Andrómeda, las Nubes de Magallanes y unas decenas de galaxias enanas, veremos que somos un grupo muy pequeño, y que como tal formamos parte de un grupo mucho mayor con miles de galaxias, muchas de ellas más grandes y masivas que la nuestra, llamado Cúmulo de Virgo: las grandes concentraciones de galaxias se llaman «cúmulos de galaxias», los cuales, a su vez, forman, con otros cúmulos, estructuras inmensas llamadas «supercúmulos», que dan forma entre sí a una telaraña cósmica que cubre todo el universo.


Cúmulo de Virgo


Así es que saliendo de nuestra galaxia podemos ver que el universo está lleno de galaxias de todo tipo, cientos de miles de millones de ellas, algunas parecidas a la Vía Láctea, otras no. En ese mar de galaxias, la nuestra es solo una más; no tiene nada de especial.


Entonces, desde aquí partimos: de un punto cualquiera del universo, sin nada particular que lo distinga de ningún otro.


Unos quinientos millones de años después del Big-Bang, gracias a la influencia de la fuerza gravitacional, se formaron las primeras galaxias y en ellas, las primeras estrellas. Con la aparición de las primeras estrellas, el universo dio otro gran paso hacia grados mayores de complejidad: las estrellas comenzaron a «cocinar» en su corazón el hidrógeno y el helio, transformándolos mediante reacciones nucleares en elementos más complejos, como oxígeno, carbono, nitrógeno y casi todos los otros que conocemos. Hay una fracción de ellos, como el uranio o el oro, que se forman en las explosiones de supernovas y que, como veremos más adelante, marcan el fin de la vida de las estrellas masivas, aquellas cuya masa es ocho veces mayor a la del Sol.


Supernova


En los últimos años ha surgido un debate sobre si pudo existir una primera generación de estrellas antes de que las galaxias se hubieran terminado de formar. Esta hipótesis surge debido a observaciones que apuntan a una relativamente alta abundancia de elementos que solo pueden fabricar las estrellas y que, sin embargo, están presentes muy temprano en la historia del universo. Gracias a los poderosos instrumentos modernos hoy podemos estudiar galaxias más y más lejanas, y en todas ellas se detecta la presencia de elementos fabricados por las estrellas. Esa primera generación de estrellas seguramente no se parecería en nada a las estrellas que conocemos, es posible que hayan sido miles de veces más masivas que el Sol y su vida, muy corta, pasando directamente del colapso gravitacional que las formaba a una megaexplosión tipo supernova que las destruyó, lanzando todos los elementos químicos que alcanzaron a fabricar en su efímera vida. Es una conjetura que, con mejores observaciones del universo más lejano, es decir, más joven, esperamos poder resolver.


Unos nueve mil millones de años después del Big-Bang muchas generaciones de estrellas ya habían nacido y vivido, cocinando en sus corazones todos los elementos que permiten que la vida pueda surgir. Fue en ese tiempo de la historia del universo cuando una nube de gas y polvo se desplomó por su propio peso, evento que marcó el nacimiento de nuestro Sol y los planetas que lo rodean. La Tierra se ubicó bien, ni tan cerca del Sol como para quemarse ni tan lejos como para congelarse. Casi desde el comienzo tuvo todo lo necesario para albergar vida sobre su superficie: agua y energía. Pero tuvieron que pasar todavía unos mil millones de años para que eso sucediera.


También es una suerte que el Sol haya tenido una existencia tranquila durante el suficiente tiempo para que la vida en la Tierra pudiera evolucionar y adaptarse. Un estudio que incluyó miles de estrellas similares al Sol mostró que la mayoría de ellas tiene frecuentes ráfagas estelares, es decir, emisiones de plasma miles de veces más potentes que las del Sol, lo que haría imposible cualquier tipo de vida.


M42 La Gran Nebulosa de Orión


No obstante, cuando se formó el Sistema Solar, el universo alcanzó de hecho la madurez suficiente como para permitir la vida. Por el momento conocemos solo la vida en la Tierra, pero la lógica indica que no puede ser una excepción. Es muy posible que haya planetas en los que la vida sea muy primitiva, como las bacterias, o más avanzada, como nosotros, o incluso mucho más. Se puede decir que la vida —al igual que la formación de los primeros átomos y las primeras estrellas— no es más que una etapa en la evolución del universo y nosotros, hasta donde sabemos, somos la expresión más compleja de este proceso. Pero ¿cuántos hermanos del cosmos, habitantes de innumerables planetas, podrían estar participando en esta misma aventura? ¿Se cruzarán nuestros pasos algún día? ¡Qué ganas de vivir un millón de años para saberlo! Claro que incluso ese tiempo puede ser insuficiente.


La Tierra ya celebró cuatro mil quinientos millones de años de edad. En ella, la vida, en su forma más simple, irrumpió hace unos tres mil quinientos millones de años. Aún es un misterio cómo se pasó de la materia inanimada a la animada. Aunque al comienzo fue una existencia muy elemental, el salto en complejidad entre una molécula cualquiera y la vida más primitiva es extraordinario. Con el tiempo, la vida evolucionó intentando distintas formas, quedándose con las exitosas y desechando las que no se sustentaban, todo esto durante tres mil quinientos millones de años.


Al final, hace uno o dos millones de años (casi nada en esta larga historia), aparecieron nuestros primeros ancestros, que evolucionaron con rapidez, desarrollando las habilidades mentales necesarias para llegar a transformarse en lo que hoy somos, seres con conciencia, capaces de reconstruir una historia e imaginar el futuro, habitantes de la vanguardia del universo que evoluciona, inaugurando a cada paso un nuevo tiempo y conquistando así un nuevo espacio para la humanidad.




La vida con conciencia, es decir, nuestra propia existencia, es el último salto en complejidad que ha dado el universo, por lo que sabemos. Esto sí nos hace muy especiales. Claro que la evolución no se detiene. Habrá nuevos grados de complejidad que estarán por venir o quizás ¡ya están aquí y no nos hemos dado cuenta!


Después de conocer esta historia, no se puede evitar mirar nuestra propia existencia y nuestro cuerpo con admiración. Pensar que los átomos de hidrógeno en mis lágrimas los fabricó el Big-Bang y que los átomos de calcio en mis huesos, el oxígeno en mi sangre y todos los elementos que forman parte de mí, todos fueron fabricados por las estrellas. ¡Somos sus hijos, hijos de las estrellas!


MARÍA TERESA RUIZ es licenciada en Astronomía por la Universidad de Chile y doctora en Astrofísica por la Universidad de Princeton. Actualmente desarrolla su investigación académica en el Departamento de Astronomía de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad de Chile y dirige el Centro de Excelencia de Astrofísica y Tecnologías Asociadas (CATA).


En 1997 fue galardonada con el Premio Nacional de Ciencias Exactas de Chile y recibió la Medalla Rectoral, en el año 2000 le fue otorgada la Condecoración Amanda Labarca. Desde 2015 es presidenta de la Academia de Ciencias del Instituto de Chile. En el año 2000, además, obtuvo la beca Guggenheim; en 2013 el Advancement of Women Award entregado por el Scotiabank y el Premio Mujer ZONTA, y en 2017 el Premio L'Oreal-UNESCO La mujer y la ciencia.


Es directora de Comunidad Mujer. Ha publicado más de doscientos artículos científicos internacionales y cinco libros relacionados con temas astronómicos para el público general y para niños y jóvenes.


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