La relación entre ERC (Esquerra Republicana de Catalunya) y la C.N.T. antes de proclamarse la II República


Texto copiado íntegramente del libro "La lucha por Barcelona" de Chris Ealham. [Descargar]

Plana mayor de ERC en 1931

Antes de las elecciones de 1931, ERC (Esquerra Republicana de Catalunya) era el partido de oposición más enérgico y dinámico, y entre sus expectativas estaba la concesión de autonomía por parte de la futura república española. A menudo considerada como ejemplo del «nuevo» republicanismo de las décadas de 1920 y 1930, la ERC había sido fundada en marzo de 1931 sobre una ola de sentimientos antimonárquicos y nacionalistas estimulados por la dictadura, y estaba formada por una coalición electoral de varios grupos pequeños republicanos y catalanistas radicales que dominaría la política catalana en los años anteriores a la Guerra Civil.

La mayor fortaleza de Esquerra era su populismo, que la ayudó a sintonizar con el malestar de los diversos sectores políticos y sociales marginados por la dictadura. Su ala nacionalista radical de extrema derecha explotó la desintegración de la antigua base de apoyo de la Lliga, resultado de los compromisos de esta última con la monarquía. Esta facción incluía a un pequeño grupo de catalanes xenófobos como el notorio racista Pere Mártir Rossell y los criptofascistas Miquel Badia y Josep Dencàs, que despreciaban a la clase obrera «descatalanizada».
 
Pero la figura principal de ERC era el septuagenario Francesc Macià, conocido popularmente y de forma afectuosa como el L’Avi («El abuelo»). Procedente de una familia conservadora y aristocrática, Macià obtuvo el rango de coronel en el ejército español antes de dimitir en protesta por los sentimientos anticatalanistas del cuerpo de oficiales. A partir de entonces, Macià encarnaría la resistencia catalana a la dictadura y la monarquía con un historial importante de oposición militar, organizando frustrados complots armados con la ayuda de aliados en los movimientos anarquistas y comunistas.

Conscientes de las injusticias perpetradas contra las «clases populares», incluyendo a los obreros inmigrantes, Macià y el ala izquierdista «obrerista» de ERC intentaron acercarse al movimiento sindical, prometiendo la supresión de la legislación corporativista de Primo de Rivera y sus Comités Paritarios, antitesis de las tradiciones confederales de acción directa. Algunos miembros de Esquerra incluso llegaron a hablar de la <<democracia obrera>>.

No fue una coincidencia que la conferencia fundacional de ERC se celebrase en el barri obrero de Sants. Dada la desconfianza generalizada que inspiraban los políticos en los barris, donde el catalanismo a menudo se identificaba con la Lliga burguesa, ERC quería presentarse como «la auténtica fuerza antidinástica de Cataluña», cuyo objetivo era armonizar «la idea de Cataluña con la reparación de injusticias sociales». Pese a tener su propia estrategia electoral, Esquerra intentó sintonizar con las tradiciones revolucionarias locales, definiéndose a sí misma como «el partido de la revolución» que iba a iniciar «la liberación de la nación no sólo de la intromisión de la iglesia sino también de la dirección capitalista».

ERC había hecho la promesa específica de «legislar especialmente para la clase obrera» para que tuviese «el derecho de vivir con plena seguridad y dignidad». Así, propuso medidas concretas para aliviar la miseria inmediata de la mayoría de los obreros oprimidos, incluyendo la promulgación de legislación antiinflacionaria para equiparar los sueldos con el coste de la vida, la implantación de un salario mínimo, la reforma de la sanidad y la asistencia social y la reducción de la jornada laboral, a seis horas en el caso de aquellas industrias en las que el desempleo estaba causando estragos. Aparte de su promesa de aumentar los servicios públicos, Esquerra se comprometió a llevar la cultura hasta la clase obrera urbana a través de un ambicioso programa de construcción de colegios. El partido también prometió una revolución en la vivienda: la creación de una «ciudad jardín» en la que todos los obreros tuviesen «la caseta i l’hortet» (una casa y una huerta), como decía la famosa promesa de Macià. En resumen, ERC proponía la creación de una ciudad democrática republicana.

Todas estas promesas serían consagradas por la ley. Así, a diferencia de la monarquía, cuyo Estado había obstaculizado los esfuerzos del movimiento sindical para defender los intereses de sus miembros, la República les ofrecería «protección legal efectiva», incluyendo la «libertad y derecho de huelga» a los sindicatos. En su «programa de gobierno», Esquerra se comprometía a proporcionar toda una serie de libertades civiles, «individuales y colectivas»: la total libertad de prensa, el fin de la censura, el derecho a la educación gratuita y obligatoria, y la «igualdad frente a la ley». La reforma policial también ocupaba un lugar primordial en la lista de prioridades de ERC: se pondría fin al «terrorismo gubernamental» de las estrategias monárquicas de control público, que utilizaba a las fuerzas de seguridad «contra las personas honradas» a través de prácticas «infames» como la detención gubernativa; ERC llegó a sugerir la disolución de la policía, reemplazándola por una «guardia cívica» controlada democráticamente.


Otro aspecto central del programa de reformas de Esquerra era su compromiso radical a renunciar a las deudas contraídas por los «ladrones de la Exposición» (la coalición de políticos locales, latifundistas, industriales y especuladores inmobiliarios) a cargo del Ayuntamiento durante la dictadura. A base de «empobrecer la ciudad», estos «gángsteres de Barcelona» se habían enriquecido dejando al Ayuntamiento con un déficit descomunal equivalente a la deuda nacional de Portugal: en 1930, el 44 por ciento del presupuesto municipal tuvo que ser dedicado al pago de préstamos. Obviamente, si ERC pagaba las deudas de las administraciones anteriores, no quedarían fondos para financiar su proyecto de una ciudad democrática republicana.

Este programa de reformas fue ampliamente diseminado en círculos obreros a través de la prensa y la radio, y del boca a boca durante mítines y concentraciones. Macià fue un enlace especialmente importante entre las masas y ERC; su forma oratoria directa y apasionada comunicaba un sentido de honradez y una preocupación hacia los obreros nunca antes vistos en un político. Y, sin embargo, el atractivo de Esquerra para los votantes de clase obrera se entiende mejor en términos de su relación con la CNT. Tras defender a cenetistas ante los tribunales y sufrir en sus carnes los efectos de la represión monárquica durante el periodo del pistolerismo, como la deportación y la amenaza de asesinato, varios miembros fundadores de ERC, entre ellos los abogados Lluís Companys y Joan Casanovas, adquirieron un prestigio considerable en círculos de la dirección confederal de Barcelona.

Más adelante, durante la dictadura, republicanos, separatistas radicales y cenetistas ocuparon el mismo espacio político de oposición, bien fuese en la cárcel, exiliados en París y Bruselas o en la lucha clandestina barcelonesa. Un activista de ERC, el doctor Jaume Aiguader, conocido como el «médico del pueblo», y primer alcalde de la Barcelona republicana, había coqueteado con el anarquismo en la década de 1920, cuando permitió la utilización de su consulta en Sants como lugar de encuentros clandestinos tanto de republicanos como de cenetistas.

La promesa de ERC de un nuevo marco judicial para las relaciones industriales aumentó su atractivo ante los activistas de la CNT. De todos los partidos, Esquerra era el grupo que se había mostrado más dispuesto a desmantelar los Comités Paritarios; este compromiso verbal con las libertades sindicales era suficiente para convencer, incluso a los organizadores confederales más antipolíticos, de que el movimiento sindical tendría al menos la oportunidad de luchar por los intereses de la clase obrera, cumpliese o no Esquerra con las reformas sociales prometidas.

Se puede concluir, por tanto, que de cara a las elecciones de abril, la CNT creó un clima favorable a ERC en los barris. A medida que los comicios se fueron acercando, las asambleas de Esquerra no sólo se anunciaban en Solidaridad Obrera sino que, además, muchos cenetistas destacados tanto anarcosindicalistas como anarquistas, participaron en los mismos mano a mano con activistas esquerristas para protestar contra la represión gubernamental y exigir la amnistía de los presos políticos y sociales. Aunque públicamente los cenetistas no pedían el voto para ERC, el hecho de compartir plataforma con sus activistas, algunos de los cuales eran candidatos electorales, tenía que ser interpretado como muestra de respaldo a la candidatura de este partido.

La prensa de la CNT también contribuyó al culto creciente que rodeaba a Macià, registrando su «admiración» al «idealismo» y «historial político tan limpio» del «apóstol de las libertades catalanas», «rebelde indomable», «luchador invicto», «venerable figura». Además de alabar a ERC como el partido de los «hombres más distinguidos de la democracia catalana», Solidaridad Obrera describía peyorativamente a sus rivales: los «corruptos» Radicales, el PSOE (Partido Socialista Obrero Español) «socialfascista», y la Lliga «fascista», cuyo líder Cambó era el «padre de los terroristas del Sindicato Libre».

Sería un error concluir que la política populista de ERC de algún modo había seducido a las masas o líderes confederales. Más bien, el apoyo de la CNT a Esquerra estaba relacionado con la tradición apolítica de la Confederación. Fieles a la ortodoxia anarcosindicalista, la CNT se oponía a la política convencional, considerada como una forma más de esclavizar a la clase obrera. Por ello, solía recomendar a los obreros que se abstuviesen de participar en la «farsa electoral». Sin embargo, en la primavera de 1931, la presión de las circunstancias (la necesidad de abolir los Comités Paritarios y lograr la amnistía de sus activistas encarcelados), y una serie de cálculos racionales basados en estos factores, disuadieron a los líderes de la CNT de apoyar el boicot electoral, una opción que probablemente pondría el poder en manos de la derecha, dejando a la monarquía intacta, a los presos en la cárcel y a la CNT frente a un futuro legal incierto. Pese a que la dirección cenetista no pidió directamente la participación al voto en las elecciones, sí adoptó una postura ambigua diciendo que las elecciones eran un tema de conciencia, lo que en la práctica daba carta blanca a los obreros para votar por los republicanos como «mal menor».
 

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