Anselmo Lorenzo. Contra la ignorancia [Pdf]


Es admirable, es consolador, da consistencia positiva al ideal, constituyéndole en promesa de cumplimiento infalible, ver que termina el ciclo histórico de luchas por los objetivos parciales de los pueblos con el resumen en una aspiración única internacional aceptada por los desheredados, mientras los privilegiados, dueños del poder y usurpadores de la riqueza, se han cerrado el paso con un militarismo absorbente e insostenible.


Si los privilegiados mandarines forjaron sus Estados nacionales como fortalezas defensoras de sus privilegios contra invasiones exteriores y contra protestas y rebeldías interiores, los trabajadores desheredados bosquejaron un día una sociedad que se sobrepone a todos los Estados, que a todos los contiene en su seno y que sobre todos prevalecerá.


Quiero dar a la enunciación de esta idea todas las garantías posibles de verosimilitud y seguridad, y para esto me basta con exponer que siendo inevitable el avance hacia el reparo de los errores y las injusticias sociales, siguiendo la vía de mejoras y perfeccionamientos parciales inspirados en la idea de perfección absoluta por ley del progreso, mientras los privilegiados han llegado al absurdo, al imposible de la paz armada y del presupuesto de guerra en cada nación, en todas las naciones, los trabajadores con La Internacional se unieron en lazo fraternal sin distinción de raza ni de nacionalidad en una sola nación, sobreponiéndose a todas las tradiciones y a todos los obstáculos de la actualidad. Al si vis pacem, para bellum (si quieres la paz, prepara la guerra) de la Triple Alianza (Alemania, Austria, Italia) y de la Triple Entente (Inglaterra, Francia, Rusia) que consumirán en el año actual un presupuesto de diez mil millones en pura pérdida, sin contar el derroche militarista de los demás Estados europeos y de China, el Japón, los Estados Unidos y de las repúblicas latinoamericanas, que representará una suma también enormísima, el proletariado responde invariablemente: no hay derechos sin deberes ni deberes sin derechos, y declara con nobleza libertaria: no queremos el privilegio ni para nuestro beneficio.


Persistiendo en su error, los privilegiados acumularon fuerzas en sus naciones, no sólo en defensa de sus privilegios nacionales y particulares, sino con miras de conquistas coloniales o de países de civilización inferior, o de Estados enemigos en la contienda sobre la preponderancia o hegemonía, confirmando el pensamiento de un publicista célebre, que afirmó que las relaciones de Estado con Estado son la enemistad y la desconfianza, y al efecto han acuartelado muchos millones de hombres improductivos, han acumulado armamentos formidables, han invadido con artefactos destructores el fondo de los mares y las alturas de la atmósfera, en tanto que los desheredados, pobres, ignorantes y desprovistos de todo recurso salvador si hubieran de continuar insolidarios y abúlicos, por la conquista de la solidaridad y con el empeño de su emancipación son fuertes, son poderosos, son invencibles, son futuros triunfadores. No tienen ejércitos, ni generales, ni armada, ni castillos, ni baterías, ni submarinos, ni voladores; pero su tecnicismo práctico es la producción y el transporte, es el municionamiento y la provisión, es el abastecimiento diario de la aldea y de la gran ciudad, es el trabajo de que depende la vida humana en cada momento, y esa producción puede paralizarse un día a una señal convenida, mostrada desde un punto cualquiera del mundo productor asalariado, para imponer una reparación justiciera como resolución adoptada previa conveniente y extensa elaboración intelectual; más aún, como único medio de abrir paso al necesario e indispensable avance progresivo contenido por el estancamiento del privilegio.


Todo lo puede hoy el privilegio, y, sin embargo, teme y vacila; materialmente impotentes son hoy los desheredados, como sus antecesores históricos, y, no obstante, el proletariado concibe un ideal, confía y espera.


Con el monopolio de la riqueza, de la ciencia y del mando, los privilegiados se han cerrado el paso con la injusticia; por el anhelo de libertad, fortalecido por la solidaridad, el proletariado romperá el muro contentivo, única manera de que la humanidad no sucumba.


Se ha dicho: “querer es poder”; no lo niego; pero yo prefiero esta otra fórmula determinante de la acción: “saber es poder”. Y la prefiero porque el querer, producto del deseo impulsado por la necesidad no satisfecha, cuando el sujeto está sumido en la ignorancia, se estrella ante la dificultad y cae en la desesperación de la impotencia. Eso, aparte de que los deseos del ignorante, como resultado de su limitada mentalidad, se reducen a lo indispensable a la vida animal, sin elevarse a la altura de la ciencia y del arte, por carencia absoluta de motivos determinantes. Cuando el ignorante quiere algo fuera del estrecho círculo de lo rutinario y de lo que constituye su propia experiencia, por desconocimiento de la idea de relación entre la causa y el efecto, suele incurrir en la locura de querer lo imposible, o sí no, quererlo por medios improcedentes. Por el contrario, cuando lo que se desea cabe en lo posible, si para lograrlo se ponen en práctica los medios racionales y necesarios, se consigue indefectiblemente. En tal caso el fracaso es imposible. Claro es como la luz del día, que si a una fuerza resistente determinada se le ataca con una fuerza igual o superior, la resistencia ha de ceder, dejando paso libre al vencedor.


El desheredado, privado del saber, con su cerebro lleno de leyendas, misterios, supersticiones y milagros, ejercitando la fe y dejando inactiva la razón, si aspira individualmente a librarse de su mísero estado, piensa en la fortuna; si se une a la aspiración colectiva y no se ha penetrado bien de que la emancipación ha de ser obra de sí mismo y de todos, dará crédito a los malos pastores y se entregará a organizaciones político-socialistas o a partidos democrático-burgueses, confiará en el parlamentarismo revolucionario o en la revolución parlamentaria, dos fases del mismo error por no decir del mismo engaño, y resultará que hablará de revolución con idea de violencia, creyendo que las revoluciones históricas se originaron solamente en actos de rebeldía, desconociendo las causas anteriores y determinantes de aquellos actos, y sin explicarse tampoco las reacciones consiguientes a los triunfos revolucionarios fracasados, o creerá en la teoría democrática de la soberanía popular votando candidatos que prometen la emancipación barata, y caerá, por último, en el desengaño pesimista.


Por efecto de ese estado intelectual tan deficiente, resto de siglos de sistemática ignorancia, han surgido los ambiciosos desviadores, los inteligentes faltos de la necesaria abnegación para continuar la obra salvadora de la educación popular, que, huyendo de los peligros del apostolado, prefirieron abusar de la ignorancia prometiendo ventajas irrealizables para atraerse partidarios.


Por eso es necerario que los convencidos, los verdaderamente iniciados, los exceptuados de las redes atávicas, los que viven como precursores de la sociedad futura, sin dejar de la mano la acción sindicalista que interponga su influencia en el desenvolvimiento de los acontecimientos y la marcha de los asuntos económicos, dediquen a la cultura popular la atención correspondiente a su necesidad e importancia, porque el primer paso emancipador consiste en la emancipación de la ignorancia.





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