Nikolaus Wachsmann. KL. Historia de los campos de concentración nazis [epub]




El 5 de septiembre de 1942 llegó al bloque 27 de la enfermería femenina de Birkenau un grupo de integrantes de la SS a fin de asistir al médico del recinto durante una selección. Estas cribas, que formaban parte del quehacer habitual de dicha organización, representaban el peor de los tormentos para las reclusas. Siempre había enfermas que, conscientes del destino que les estaba reservado con toda probabilidad, trataban de escapar por todos los medios; aunque de nada les servía. Aquel día se condenó a muerte y montó en camiones a cientos de judías, que tuvieron que desnudarse a plena luz del día al lado de las cámaras de gas. A diferencia de quienes acababan de sufrir deportación a Auschwitz, ellas sabían bien qué iba a ocurrir en el interior de aquellas casas de labor modificadas. Algunas aguardaban en silencio sobre la hierba, sentadas o de pie, y otras sollozaban o gritaban. Entre los oficiales de la SS que supervisaban la escena se hallaba un médico, el doctor Johann Paul Kremer, quien más tarde testificaría que las mujeres «rogaban a los de la SS que no las matasen y lloraban, y, sin embargo, todas fueron a la cámara de gas y murieron en ella». Él, sentado en su automóvil, oía apagarse los alaridos desde el exterior. Horas más tarde, dejó constancia en su diario de la conversación mantenida con un colega suyo de Auschwitz: «[El doctor Heinz] Thilo tenía razón al afirmar hoy mismo que estamos en el anus mundi: el culo del mundo».


Aunque no es difícil imaginar al doctor Kremer, hombre de cincuenta y ocho años y calvicie incipiente, sonriendo con aire de suficiencia ante esta expresión (pues sus diarios ponen en evidencia un crudo sentido del humor), lo cierto es que reconoce la presencia de cierta verdad más profunda en las palabras del doctor Thilo. Al cabo, Kremer nunca había tenido intención de servir en Auschwitz, ni tampoco mostraba demasiado entusiasmo por permanecer allí: aquel profesor de anatomía de la Universidad de Münster se había alistado en el instituto sanitario de la SS durante la vacaciones de verano, y a finales del mes de agosto de 1942 había tenido ocasión de sorprenderse al verse destinado a Auschwitz durante diez semanas en calidad de sustituto de un colega enfermo. «Aquí no hay nada que pueda resultar emocionante», escribió el mismo día de la conversación mantenida con el doctor Thilo. Las selecciones y las muertes en la cámara de gas (participó en más de una semanal) no le producían gran satisfacción. Por si fuera poco, el clima no le era nada propicio. Se quejaba de la humedad y de la «multitud de bichos» presentes, entre los que se incluían las pulgas de la habitación que ocupaba en el hotel en que se alojaban en la ciudad los de la SS. A esto había que sumar el llamado «mal de Auschwitz», provocado por un virus gástrico que lo obligó a guardar reposo días después y que aún habría de aquejarlo en otras ocasiones. Sin embargo, lo que temía de veras eran otras enfermedades, y no sin motivo: aquel mismo año había muerto de tifus uno de los médicos de la SS del campo de concentración, y en octubre de 1942, estando Kremer destinado en el recinto, dicho organismo había contado entre sus hombres unos trece posibles casos más en un período de diez días. Además, Joachim Cäsar, oficial al cargo de la agricultura, contrajo la misma fiebre tifoidea que acababa de matar a su esposa (él, en cambio, se recobró y se casó un año más tarde con la ayudante de laboratorio que trabajaba para él en la oficina de registro de la SS del campo de concentración). El resto de los hombres de la Lager-SS del Este ocupado no vivía en mejores condiciones: las integrantes de la guardia femenina de Majdanek, por ejemplo, también entraban y salían del hospital con frecuencia por causa de diversas infecciones. La frustración que provocaba esta realidad entre el personal de la SS —indignado por lo primitivo de la situación sanitaria y temeroso de la posibilidad de contraer enfermedades de los reclusos— no hacía sino aumentar su propensión a la violencia.




Mientras tanto, los miembros de la Lager-SS también tuvieron motivos de sobra para disfrutar del Este. El doctor Kremer, al menos, supo sacar provecho de sobra a su destino involuntario en Auschwitz. Los lúgubres cometidos que había de afrontar en el recinto no supusieron menoscabo alguno a su amor por las actividades al aire libre, y así, en sus momentos de ocio se reunía en su hotel con otros soldados de la SS para tomar el sol en tumbona o paseaba en bicicleta por el extenso territorio dominado por la organización a la que pertenecía, maravillado ante el «hermosísimo clima otoñal». Aquel hombre de gran apetito devoraba las generosas raciones que se ofrecían en el comedor de oficiales de la SS y dejaba cabal constancia en su diario de cuantas exquisiteces consumía, desde el hígado de oca y el conejo asado hasta el «espléndido helado de vainilla». Además, se deleitaba con los espectáculos que se les ofrecían en el campo de concentración. Cierta tarde de septiembre asistió a un concierto interpretado por la orquesta de prisioneros, y también se mostraba atraído por las funciones de variedades que se brindaban por la noche a la Lager-SS, en ocasiones con barra libre de cerveza. Sobre todo lo fascinó un número de perros bailarines y gallinas que cacareaban a la orden de su adiestrador. Otras veces hacía visitas sociales a sus colegas. Después de pasar la tarde del 8 de noviembre de 1942 supervisando el asesinato de un millar de hombres, mujeres y niños judíos en las cámaras de gas de Birkenau, pasó una velada de esparcimiento con el doctor Eduard Wirths, responsable sanitario de la guarnición de soldados de la SS, probando vino tinto de Bulgaria y aguardiente croata de ciruela. Entre francachelas y comilonas, Kremer no desaprovechó las oportunidades profesionales que le brindaba aquel destino, y, así, pudo recrearse en el estudio de «ejemplares de hígado y bazo humanos casi vivos» para sus investigaciones relativas a los efectos del hambre en los diversos órganos, sobre los que publicaría más tarde un artículo en cierta revista médica.


Sin embargo, la mayor gratificación de la breve estancia del doctor Kremer en Auschwitz fue de carácter financiero. En el campo de concentración abundaban las pertenencias de los judíos asesinados, y los integrantes corruptos de la SS, como él, se sirvieron de ellos a placer. Después de iniciarse en los secretos del oficio, se hizo con cuanto le fue posible del almacén que había al lado del andén de selección. Los cinco paquetes voluminosos que envió a Alemania para ponerlos a buen recaudo incluían jabón y pasta dentífrica, gafas y estilográficas, perfumes y bolsos y muchos objetos por valor de mil cuatrocientos marcos del Reich. En solo cinco semanas, el Untersturmführer de la SS Kremer robó bienes cuyo coste total superaba la mitad del salario anual de un oficial de la SS de su graduación a tiempo completo. Eran muchos los funcionarios de la Lager-SS que estaban sacando tajada de la situación, tanto en aquel recinto como en los demás. Al final, la corrupción se hizo tan endémica que las autoridades acabaron por enviar una comisión especial de policía a los KL. En Auschwitz, la investigación se acometió en 1943 por causa de un paquete en particular pesado remitido por un integrante de la SS a su esposa. Los funcionarios de aduanas lo abrieron recelosos, y hallaron en su interior un bloque de oro del tamaño de dos puños, producto de la fusión de los empastes dentales de los prisioneros muertos.


A esas alturas, Auschwitz se había convertido en el centro del sistema de KL, tal como habían hecho Dachau durante el primer período de la dominación nazi y Sachsenhausen en los primeros años de la guerra. No puede decirse que Auschwitz fuera por entero diferente: el hambre y los maltratos, la selección y el homicidio multitudinario se daban también en otros campos de concentración. Sin embargo, todo ello presentaba en él una forma más extrema. Ningún otro recinto ofrecía un número tan elevado de personal ni de reclusos: la deportación masiva de judíos lo había elevado con rapidez a una categoría exclusiva. Si la población media diaria de prisioneros de todos los KL fue de 110 000 personas durante el mes de septiembre de 1942, se calcula que 34 000 de ellas se encontraban en Auschwitz, y que el 60% estaba constituido por judíos. Estaban a las órdenes de hasta dos mil hombres de la SS, de los cuales, como veremos, no eran pocos los que albergaban una ambivalencia similar a la del doctor Kremer respecto de su vida en el Este.




La sombra de Auschwitz se prolonga todavía más cuando nos referimos a la mortandad de los prisioneros. Del total de 12 832 prisioneros registrados que sucumbieron en todos los campos de concentración alemanes en agosto de 1942 al decir de las cifras secretas de la SS, poco menos de dos terceras partes (6829 varones y 1525 mujeres) perdieron la vida en dicho recinto (con exclusión de los 35 000 judíos sin registrar que, según se calcula, fueron enviados a las cámaras de gas a lo largo del mes a raíz de las selecciones efectuadas por la SS a su llegada). En total, entre 1942 y 1943 perecieron en Auschwitz unos 150 000 reclusos registrados (excluidos, una vez más, los judíos muertos al llegar al campo). Sus defunciones quedaron inscritas en diversos documentos oficiales, que en su mayoría ofrecen causas ficticias, aunque raras veces de un modo tan descarado como en el caso de Gerhard Pohl, criatura de tres años de la que se aseveró que había fallecido en Auschwitz el 10 de mayo de 1943 «de senectud». Algunos de los formularios ocupaban una veintena de páginas, y los reclusos que hacían labores administrativas habían de mecanografiar día y noche para tenerlos actualizados. Los médicos de la SS, mientras tanto, se quejaban de sufrir calambres en las manos de firmar certificados de defunción. Al final, acabaron por encargar sellos especiales con su nombre rubricado a fin de facilitar tal cometido.


Heinrich Himmler y Oswald Pohl mostraron un gran interés en Auschwitz, su campo de exterminio más extenso y el eje principal de su sistema de trabajos forzados. Si en 1940, durante su instauración, el comandante Höß había tenido que agenciarse retazos de alambre de espino, en el momento que nos ocupa sus superiores destinaban al recinto fondos más que pródigos y desviaban recursos inestimables a aquella joya que tenían en el Este. «Yo debía de ser el único jefe de toda la SS —se jactaría más tarde— que disponía de una licencia tan amplia a la hora de procurarme cuanto se necesitaba en Auschwitz». Si los campos de concentración anteriores habían sido semejantes a ciudades modestas, Auschwitz se trocó en una metrópoli. Llegado el mes de agosto de 1943 contenía a unos 74 000 prisioneros en un tiempo en que había 224 000 registrados en todos los recintos. Habida cuenta de lo ingente del complejo de Auschwitz, Pohl optó por dividirlo en tres campos principales y dotar a cada uno de ellos de su propio comandante. Auschwitz I, la sección original, estaba administrado por el oficial de la SS de más graduación del lugar (sobre el que, además, recaía la responsabilidad general del conjunto); Auschwitz II era el de Birkenau (el de las cámaras de gas), y Auschwitz III contenía los recintos complementarios repartidos por la región de Silesia (14, llegada la primavera de 1944), entre los que destacaba el de Monowitz.


En el extenso complejo de Auschwitz se daban condiciones muy variadas, igual que ocurría en el resto de campos de concentración de la Europa oriental ocupada entre 1942 y 1943. Uno de los prisioneros de aquel equiparaba su traslado del recinto principal al de Birkenau durante el verano de 1943 con el paso de la ciudad al campo, en donde todo el mundo llevaba puestas ropas más desgastadas. Otro lo expresó de un modo más crudo: las instalaciones de Auschwitz —dotadas de edificios de ladrillo, aseos y agua potable— eran el paraíso en comparación con el infierno de Birkenau. Aun así, pese a sus numerosas diferencias, todos los campos de concentración que administraba la SS en la Europa oriental ocupada perseguían el mismo fin último: evitar que, a la postre, saliera de allí con vida ninguno de los prisioneros judíos registrados (aquellos a los que habían destinado a trabajos forzados en lugar de al exterminio inmediato).





Nikolaus Wachsmann ofrece en esta obra histórica de referencia una crónica equilibrada, completa y sin precedentes de los campos de concentración nazis, desde sus comienzos en 1933 hasta su extinción —hace setenta años— en la primavera de 1945.


Sobre el Tercer Reich se ha investigado más a fondo que sobre casi cualquier otro período de la historia y, sin embargo, no ha existido hasta ahora ningún estudio del sistema de campos de concentración que revisara exhaustivamente su prolongada evolución, la experiencia cotidiana de quienes vivieron en ellos —tanto verdugos como víctimas— ni la de todos aquellos que estuvieron en lo que Primo Levi denominó «la zona gris».


Con KL, Wachsmann cubre esta ostensible laguna en nuestra comprensión de los hechos. Su obra no es solo la síntesis de una nueva generación de investigaciones académicas —la mayoría sin traducir y desconocida fuera de Alemania—, sino que además saca a la luz sorprendentes revelaciones sobre el funcionamiento y el alcance del sistema de los campos de concentración, descubiertas tras años de estudio en los archivos.


Este minucioso repaso de la vida y la muerte dentro de estos recintos, donde Wachsmann asume una perspectiva más amplia y muestra las diversas formas que fue adoptando aquel sistema a tenor de los cambios acaecidos en las esferas política, legal, social, económica y militar, nos permite contemplar un retrato unitario del régimen nazi y sus campos, inédito hasta hoy.


KL es una obra decisiva, un empeño ambicioso, destinado a convertirse en un clásico de la historia del siglo XX.



3 comentarios:

cristian dijo...

Hola, me gustaría poder descargar el libro para realizar un trabajo. Con el estado actual en que nos encontramos me es imposible encontrarlo. Estaría muy agradecido, es importante.

Erik Redflame dijo...

Puedes descargarlo desde epublibre. Te dejo el enlace:
https://epublibre.org/libro/detalle/33857
Yo tuve que quitarlo por los derechos de autor bajo amenaza de cierre del blog.

Erik Redflame dijo...

Y el enlace del blog también está reparado.